El periodista oaxaqueño Francisco Alejandro Leyva Aguilar fue asesinado el martes mientras desayunaba en un puesto de comida cercano a su casa, en el municipio de San Pablo Etla.
El comunicador de 58 años se desempeñó como director de la Corporación Oaxaqueña de Radio y Televisión (CORTV) en la administración de Alejandro Murat Hinojosa y actualmente era uno de los periodistas más críticos del gobierno del morenista Salomón Jara Cruz.
Desde las primeras horas después del crimen, las interpretaciones políticas tejen sus hipótesis en torno a los presuntos culpables y a los beneficiados con la desaparición física de Leyva.
La frivolidad de las estadísticas terminará por sumar éste como "un caso más" y otros alertarán por una verdad que sigue consolidándose: México es uno de los países más peligrosos para ejercer el periodismo.
Las frases ciertas o alarmistas, piadosas o cargadas de rencor político, no alcanzan para mitigar el dolor de la familia y amigos de Francisco Leyva.
Este no es un caso más de periodistas asesinados. Es una expresión de la realidad que vive toda la sociedad mexicana a expensas del crimen organizado. Matar a una persona parece ser, lamentablemente, una acción ordinaria, común.
Y entre esta terrible costumbre el asesinato de un periodista tiene un significado propio, ni superior o menor que el de cualquier otra persona, pero sí un significado inherente a una profesión que se ejerce bajo riesgos cada vez determinantes en el México actual.