De los tahoneros más sobresalientes en la historia de nuestra comunidad destacan la panadería Shangai, del Sixto Pang, que se localizaba hace la friolera de setenta años en lo que es hoy la calle No Reelección y el Callejón República de Colombia, y la panadería de Don Pancho Avelar, que funcionaba por la misma calle al poniente, casi esquina con la calle Zacatecas.
Los torcidos (pan birote) costaban dos por 5 centavos, y el pan dulce –reinas, coricos, conchas, elotitos, arepas, hojaldras, chalupas, cortadillos, picones, cochitos y suspiros- a 5 centavos.
Años después, con equipo moderno y la pulcritud que exige la alta repostería, instaló la familia Becerril una exitosa panadería en la calle 5 de febrero, entre No Reelección y Guerrero. Esto ya fue en la década de los cuarenta. En ese lapso, comenzó a cobrar fama como maestra de cocina Doña Consuelo de Carrillo, que estableció por la calle Chihuahua junto al Cine Obregón un negocio de nevería y pastelería. En sus horas libres le ayudaba su hija, Cony Carrillo de Acosta, quien por ese entonces, soltera, trabajaba en la Botica Económica.
Era la época en que Ciudad Obregón estaba en franco crecimiento, y por ende, arribaban constantemente con el propósito de radicarse y prosperar al unísono con el desarrollo citadino. Así llego de Tepic una familia de panaderos encabezada por Heliodoro Carrillo, su esposa Doña María Chávez y los hijos
Arturo (vive en Tecate), Bernarda (viuda de Miguel García, tío del industrial Pedro Vázquez García); Sara, esposa de Rodolfo “El chato” Romero Verdugo (radicados también en Tecate), y Esther, esposa de Pancho Soto conocido locatario del Mercado Municipal.
Instalaron su negocio, “La Moderna”, en la esquina de las calles No Reelección y Puebla, y por la calidad de la fruta de horno que elaboraban, no pasó mucho tiempo para que su panadería se convirtiera en la número uno de la población. Además de los miembros del clan familiar, trabajaban ahí más de veinticinco empleados, turnos dobles ya que abastecían a gran parte del valle.
El negocio era próspero, pero así como entraba se evaporaba, debido a la obsesión de Doña María por encontrar entierros. Solía trabar conversación con la clientela, y en cuanto alguien le señalaba que en tal o cual lugar de la sierra existía un tesoro oculto, organizaba costosas expediciones que en ocasiones duraban varias semanas, pues había que realizar toda una serie de excavaciones, las cuales, como siempre sucede, resultaban infructuosas. Sin embargo, Doña María nunca perdía la fe y seguía peinando los pueblos fantasmas en busca de doblones de oro y plata que los hacendados en tiempos de la colonia, guardaban bajo tierra para proteger sus riquezas de los malhechores.