Retomando el tema de los joyeros cajemenses resulta evidente que la mazorca comenzó a desgranarse a raíz de los negocios pionero de Don Ifigenio Meza y Don Prisciliano Dueñas.
En el primer cuadro se estableció un alemán de apellido Kopich, por lo demás asiduo concurrente al Club Lengua Libre, que funcionaba en el restaurante “Tupinamba” del coronel García Carrasco, miembro de la colonia española antifranquista; luego, en la esquina de Zaragoza y Chihuahua, edificio propiedad de Jorge Káram, funcionó por un tiempo la “Joyería Princesa”, de la cual era propietario un hermano menor del doctor Rolando Lara González.
Allí trabajó como dependiente y vendedor a comisión el hoy periodista con asiento en Hermosillo, don Rodolfo Barraza González. Ambos, patrón y empleado se asistían en el escondido comedero de doña Consuelo Carrillo, de calle Chihuahua frente al antiguo Cine Teatro Obregón.
Otro establecimiento importante fue la “Joyería Arreola”, cuyo dueño, al parecer, había sido luchador en su juventud. Este señor Arreola se hizo famoso por la frase publicitaria “A cenar, dijo Arreola” que difundió por la prensa
hablada y escrita en las promociones de navidad, ya que obsequiaba pavos a los clientes que realizaban compras de doscientos pesos en adelante. Una de sus hijas, muy guapa por cierto, echó aquí raíces al contraer matrimonio con el agricultor Marco Antonio “El Pelón” Vargas, hijo de don Lalo Vargas Martínez.
Igualmente destacadas fueron en su época la “Joyería Alfa”, de Raúl Rivera; “El Zafiro”, de Daniel Medina; “La Joyita”, de Víctor Yañez; “El Diamante” de Francisco S. Marroquín; hermano del famoso compositor, pianista y director de orquesta José Sabre Marroquín; “Joyería Alma” de J. Guadalupe Ocampo, actualmente dedicado al ramo de la construcción con asiento en la capital del Estado. De igual manera, la “Joyería Monterrey” del elegante Luis H. Cerda (†).
Antes de fracasar como joyero, Lupe Ocampo fue prospero propietario de una carpintería que se localizaba en el sector poniente de la calle No Reelección.
Se las ingenió para investigar las tarifas de sus colegas Pomposo Soto, Lorenzo González, Ventura Escárcega, Miguel Trujillo, Juan Netro, Julio Nava, Benjamín Castro, Jesús Vélez, Nicolás Mariscal Paéz, los hermanos Miguel y Jesús Vidal y el maestro Porchas (éste hizo los tijerales de la antigua Catedral), y acaparó la clientela de buena posición económica ofreciendo sus servicios a menor precio.
Y no sólo se relacionó en asuntos de trabajo con la población pudiente, sino también socialmente. Parecía ufanarse de su incorporación a la clase alta, después de azaroso años de trabajo intenso y rudimentario, ya que su inicio en la ruta del éxito fue como modesto hojalatero, encargado de fabricar las hieleras que el agente de la cerveza Dos Equis, don José Sánchez ordenaba en la carpintería de Lorenzo González.
Don Lupe habló directamente con este cliente, hizo trato directo y eso dio pie para el nacimiento de su propia carpintería. Falló más tarde con el negocio de joyería, pero se recuperó como constructor gracias a su relación con el ex-gobernador Faustino Félix Serna.