Regresaba a su casa del taller donde tomaba clases de cultura. Joven y no exenta de belleza, tenía sus pretendientes y entre ellos uno que, torciendo el buen camino de la decencia, quería que fuera su novia "a la brava".
Esa noche, saturada de tinieblas, la muchacha avanzaba con célere paso por la calle Zaragoza, poco frecuentada a esa hora y con el temor propio de su sexo, pero el galán la estaba acechando y de pronto se le aparejó, insistiendo en sus requerimientos amatorios.
Tenía premeditada una mala acción y fue así que, al llegar a un baldío y protegido por las sombras, intentó abusar por la fuerza de la joven, "que se defendió a mordiscos y arañazos", según informó la prensa local en estos días.
El sátiro no logró sus torpes fines y sí en cambio, que la ofendida lo acusara ante la policía con toda entereza. Detenido se encuentra envuelto en las redes de un merecido proceso.
Mientras esa clase de individuos anden sueltos, razón demás tendrá la sociedad para vivir llena de inquietudes.
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Nota de Alberto Macías publicada en el Heraldo del Yaqui el 6 de octubre de 1950. Recopilada en el libro El eterno motivo.