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Mi aportación a la historia del chayote

Carlos MONCADA OCHOA
Miércoles 12 de Agosto de 2026
 

En octubre de 1961 el gobernador Luis Encinas me nombró jefe del Departamento de Prensa, puesto en el que sólo estuve seis meses. No me corrieron, preferí volver a la dirección del Diario del Yaqui. En aquel breve lapso, una vez entró a mi oficina el director de “El Noroeste”, de Nogales, con una factura que no autoricé porque estaba seguro de no haberle mandado ningún anuncio. El director Siqueiros, tal era su apellido, me pidió que fuéramos a la oficina del secretario particular Arístides Prats porque “él sabe”. Se saludaron como grandes cuates, ordenó café para el visitante y a mí me informó que él se encargaría del asunto.

Yo ignoraba que había tenido cerca el primer chayote de mi juvenil carrera periodística, aunque el término no se conocía aún en Sonora. Además, el chayote era exclusivo para los dueños y directores de periódicos, no bajaba a reporteros y columnistas todavía..

Al correr los años, los periodistas que venían de México en las giras del Presidente de la República, o con los candidatos a ese cargo, nos enseñaron qué es el chayote. Se metían en un sobre los billetes y se le entregaba a cada reportero con el único requisito de una firma. Como siempre he sido curioso, una vez le pregunté a Fernando Romero Santander, que fue jefe de prensa los dos últimos años del gobernador Carrillo Marcor y los dos primeros de Samuel Ocaña, si no había topado en alguna ocasión con un reportero que le rechazara el chayote. Lo puse a pensar.

En aquel tiempo la chayoteada era de 20 mil pesos. No sin esfuerzo, Fernando se acordó de dos casos. El reportero de “Excelsior” Ángel Trinidad Ferreira, de quien era viejo amigo, lo dejó con el sobre tendido y le dijo: “Conmigo no andes con esas fregaderas. Ya me conoces”. Fernando insistió y Ángel puso fin al desacuerdo: “Mira, si quieres darme algo mándame mañana al aeropuerto una caja con machaca, tortillas de harina, coyotas, esas sabrosuras que hacen aquí, y listo”.

¿Y quién fue el otro que rechazó el chayote?, pregunté. “No fue otro, sino otra: una reportera. Le puse delante el sobre y el recibo para que firmara, y ni los tocó. “Traigo viáticos de mi periódico”, me dijo como enojada, y dio media vuelta, pero alcancé a decirle: “Por favor, me meterás en un lío porque yo firmo por una cantidad redonda y si devuelvo una parte, habrá problemas en la Tesorería para reingresar esa parte”. ¡Pero no son problemas míos!, me replicó, y se largó dando un portazo.

Yo estaba emocionado. ¿Y su nombre, su nombre? Fernando no lo recordaba. ¿Y el periódico? ¿De qué periódico era reportera? TAMPOCO. ¡Desgraciada memoria de Fernando Romero, que en paz descanse! Pude haberme tomado una foto con ella, una foto que habría publicado aquí, ahora que traen el chisme de los chayotes. A lo mejor estaría casado con ella.

carlosomoncada@gmail.com

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