Ahora que nuestro periódico nos hace añorar al magnífico Cine Cajeme, quiero agregar a los recuerdos uno de tantos que debo a mi profesión de periodista. Resulta que, dando oídos a cinéfilos que se quejaban del deficiente aire acondicionado, publiqué en el Diario del Yaqui una crítica y exhorté a la gerencia del cine a que pusiera el remedio.
El mismo día me habló por teléfono el gerente Artemio Juárez, a quien no conocía porque prácticamente acababa de llegar de Chihuahua para asumir el cargo, y me dijo que estaban por estrenar equipo nuevo y me invitaba a verlo funcionando si era capaz de esperar a que terminara la función, alrededor de las once de la noche. Acepté, claro.
Cuando el público salía, ya estaba esperándome afuera Artemio y me condujo al interior, no por la entrada principal, sino por una puerta discreta, a unos metros de aquélla, que llevaba a la enorme máquina de refrigeración por lo que me pareció un laberinto. La iluminación era escasa y me esforcé por memorizar las explicaciones de Artemio pues en aquellas condiciones era imposible tomar notas. Pero cuando di un paso para salir por donde habíamos entrado, me pidió que lo siguiera por un camino más corto y, ¡sorpresa!, de repente estábamos en pleno escenario de la sala desierta y sus centenares de butacas vacías.
¿Vacías, dije? Tres señoras que portaban grandes bolsas de papel recorrían los largos espacios entre butacas recogiendo basura y tal vez objetos perdidos por el público. Una de ellas se detuvo. Le impedía pasar un sujeto que se había quedado profundamente dormido. Lo hizo despertar alzando el volumen de la voz y el bello durmiente dio un salto, volvió la cabeza alrededor y salió como si lo fueran correteando.
El gerente Artemio Juárez y yo nos habíamos tratado hasta el momento con fría cortesía pero nos soltamos riendo como viejos amigos al ver el susto del cinéfilo. Él consultó su reloj y dijo: “Si vive lejos llegará a su casa después de las doce. ¿Le creerán que se le hizo tarde porque se durmió en el cine?
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