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¿Fiscal de hierro o de plástico?

Carlos MONCADA OCHOA
Martes 26 de Mayo de 2026
 

Por una nota periodística me entero de que falleció Javier Coello Trejo, al que llamaron “Fiscal de hierro” cuando era el titular de la Procuraduría General de Justicia. Creo que fue, cuando mucho, un fiscal de plástico. Tengo vivo el recuerdo, aunque han pasado más de veinte años, de que le solicité una cita para entrevistarlo para la revista “Impacto”, aceptó y fui a su oficina.

La PGR estaba envuelta en el escándalo. Varios de sus agentes asaltaron en la vía pública a una dama con cierto rango social. No recuerdo si llegaron a la violación pero sí al manoseo y la procacidad. Se respiraba el miedo en cuanto daba uno el primer paso dentro del edificio. Un tosco guarura me inspeccionó para saber si iba armado. Y lo peor fue que al pasar al despacho del “fiscal de hierro”, lo encontré furioso, pero no contra sus agentes salvajes sino contra el clamor público que los reprobaba. No tuve que plantear la pregunta; el mismo Coello la contestó sin escucharla:

¿Qué saben estos tales por cuáles de los peligros que enfrentan mis agentes?, dijo. Durante un mes siguieron a los narcos en la zona boscosa de Veracruz. No dormían más que a ratos. No tanto por el riesgo de una mordida de víbora, sino por la ráfaga de metralla que podría haberlos eliminado desde la hojarasca. Vuelven a la ciudad fatigados, con los nervios hechos trizas. Les concedo una semana para que se emborrachen y se droguen. Es explicable que se les pase la mano.

Me quedé espantado. Quién sabe qué pretexto tartamudée para escapar de aquella guarida. Y desde luego, no publiqué una sola de sus palabras. No había testigo de que las había pronunciado. Y yo quería seguir vivo, lejos de aquellos agentes ejemplares (¿?)

 

III CONCURSO DE HISTORIA. MISMOS ERRORES

Creí que el concurso de historia que lleva el nombre del doctor Samuel Ocaña había muerto, pero acaban de lanzar la convocatoria para el tercero, una convocatoria enredada y con una palabra dominguera inventada: “anonimización”.

Se repiten los errores de los concursos anteriores. No se solicitan historias formales, sino escritos sobre el tema que escoja el participante, de breve extensión, digamos un ensayo. Hay premios en efectivo y la “publicación” de los tres mejores, o menos peores trabajos. Uno puede versar sobre la expulsión de los chinos, otro sobre los noviazgos de chicas guaymenses con los franceses que invadieron el puerto, y uno más sobre los membrillos de Magdalena.

Los organizadores no publican los ensayos en forma de libro. Digitalizan los textos y los suben a un espacio cibernético, y que los presuntos lectores los busquen. Es absurdo que por ahorrarse el costo de ediciones impresas que se podrían hallar en las librerías condenen los trabajos al olvido. Por suerte creo que éste será el último de estos raros concursos, a menos que el próximo gobernador ande también en la luna.

carlosomoncada@gmail.com

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