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X y la suciedad del espectáculo

Marco Mendoza / Donando el algoritmo
Jueves 9 de Abril de 2026
 

Toda época cree haber inventado su propia forma de conversación pública. No obstante, lo que hoy presenciamos no es solo una fractura de paradigma, sino una esfera pública algorítmicamente intervenida. Más que un cambio de plataforma, la transición de Twitter a X revela una reconfiguración del poder comunicativo en la era digital: ya no se trata únicamente de quién habla, sino de quién amplifica, jerarquiza y distorsiona la información que circula.

Twitter era una idea de conversación, casi una plaza pública digital. Pero algo se rompió cuando Elon Musk, el hombre más rico del mundo, pasó de ser usuario a dueño del juego en octubre de 2022. Desde entonces, la plataforma ha transitado de ser un espacio imperfecto de conversación global a un terreno fértil para la desinformación, el odio y la manipulación.

Como documentan Kate Conger y Ryan Mac en Límite de caracteres: Cómo Elon Musk destruyó Twitter (2024), el debilitamiento de las reglas contra el discurso de odio y la reinstalación de cuentas previamente suspendidas contribuyeron a un entorno donde el contenido extremista encontró nuevas condiciones de visibilidad. En realidad, Musk necesitaba esta plataforma —que según él estaba «infectada con el virus mental progre»— para administrar la indignación y el miedo, moviendo el voto hacia intereses alineados con su visión económica.

Hoy, la red social X representa la intensificación extrema de las tensiones de la comunicación digital en el capitalismo de la atención. Ben Mezrich, en su obra Breaking Twitter (2023), describe esta transformación como el resultado de una toma de decisiones marcada por la impulsividad y la obsesión por el control. La estructura de la plataforma, basada en la inmediatez y la fragmentación, elimina el espacio para la contemplación, convirtiendo toda expresión en mercancía efímera.

X ha sustituido el ideal del ágora democrática por un teatro de espectáculo narcisista donde la verdad cede ante la puesta en escena. Actualizando las ideas de Guy Debord en La sociedad del espectáculo (1967), esta red convierte la política y la ética en gestos que solo buscan validación a través de interacciones digitales, en lugar de un compromiso real con el diálogo. La lógica algorítmica premia la indignación y la polarización; no se busca disputar ideas, sino exterminar simbólicamente al adversario.

Como advierte Raúl Rodríguez Ferrándiz en Desinformación y poder (2024), la desinformación no es una falla del sistema, sino una de sus funciones principales. En este experimento a cielo abierto, lo que antes era deliberación hoy es fricción y lo que era debate se ha vuelto simple actuación.

Marshall McLuhan intuyó que todo medio reconfigura la experiencia humana. En X, esta idea adquiere un matiz inquietante: el medio es un amplificador selectivo de formas de ver el mundo alineadas con los intereses de su dueño. Aunque Twitter nunca fue una ágora perfecta, X parece ser su radicalización, un espacio donde la visibilidad sustituye a la verdad.

En el fondo de X late una tragedia contemporánea: la ilusión de comunidad en medio del aislamiento. Su dinámica es adictiva porque ofrece una sensación de pertenencia que nunca se cumple. Lo que comenzó en 2006 con un gesto trivial de Jack Dorsey, se convirtió veinte años después en una maquinaria global de amplificación del ruido y distorsión de la conversación pública.

Pero, a pesar de todo, nos vemos en X.

 

Marco Mendoza es maestrante en Comunicación Estratégica por la Universidad de Sonora.

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