Recibí el regalo del año, y de muchos años, y lo recibí con orgullo y alegría: “GRANDEZA”, de Andrés Manuel López Obrador. Quienes rechacen la oportunidad de leer esta obra por cuestiones políticas o por simple flojera, sírvanse salir a la calle con un letrero en el pecho que diga TONT0.
Como lo advierte en la Introducción, se valió de la información y orientación de un gran número de especialistas en todas las materias necesarias para un historiador. Pero de su exclusiva pertenencia es la pasión con que persiguió y conquistó su tesis: que nuestra cultura deriva de las viejas organizaciones indígenas.
Debo advertir que no abro este libro dispuesto a aceptar sin más cuantos conceptos encuentre en sus 626 páginas. A lo largo de medio siglo he estudiado y gozado obras que me capacitan para echarle una alegadita (con todo respeto) al autor tabasqueño, si se da el caso. No atosigaré a los lectores con los nombres de dichas obras, sólo de las que alcanzo a ver en los libreros desde donde escribo esta columna:
“La literatura de los mayas” y “La literatura de los aztecas” del padre Ángel María Garibay; “Presencia maya”, un librazo con fotografías maravillosas que me regalaron en Chiapas; “México profundo”, de Guillermo Bonfil Batalla”; “El pueblo del sol” (los aztecas), de Alfonso Caso, regalo de mi hijo en la Navidad de 1978; “El ceremonial de pascua de los mayos”, de Ross Crumrine. Tengo libros sobre danza indígena y sobre arquitectura, sobre todo de las pirámides del sureste en sas que anduve trepado. Estoy seguro de que hallaré en GRANDEZA apasionantes páginas al respecto.
ME HICE BOLAS, PERDÓN.
Qué vergüenza, puse en mi columna de ayer la invasión a Venezuela, como si fuera una invasión por segunda vez a Panamá. Algo haré para subsanar, siquiera en parte este grave error. Lo que cuento de la invasión a Panamá en 1990 está apegado a la verdad puesto que lo viví como periodista.
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