Me apresuro a aclarar: no en la invasión de hace unos días, sino de la otra, la de enero de 1990. Como otros periodistas latinoamericanos, fui a Panamá en agosto de 1988 a invitación del general Manuel Antonio Noriega. Nos informó que organizaba un “congreso afictiónico”, a semejanza del que en su tiempo celebró Simón Bolívar, para promover la unión de las naciones latinoamericanas.
El país olía ya a pólvora. Noriega exhibió ante los gringos que ocupaban y siguen ocupando, la franja del canal, las fuerzas armadas de que disponía. A lo largo de la barda de fierro que separaban las dos zonas desfilaron unos dos mil soldados panameños más o menos marciales, tres camiones y un tanque viejos, mientras en las alturas iba de aquí para allá un ruidoso helicóptero. Desde su porción de territorio, tirados en la hierba, cinco o seis soldados gringos, desarmados, veían sin interés el desfile.
Hice una entrevista a Noriega que publicó “Excelsior” en su edición del 18 de agosto que se conserva en mi libro “Cincuenta años en esto”.
El año siguiente, con el pretexto de que las elecciones para la presidencia habían sido fraudulentas, el 20 de diciembre se lanzó con ímpetu la invasión que en dos semanas alcanzó su objetivo. Pusieron de presidente al gordo Guillermo Endara y por unos días, Noriega se escondió. Pero el 3 de enero se entregó y se lo llevaron a los Estados Unidos en donde le hicieron juicio por el número de acusaciones necesario para dictarle prisión por 40 años. No alcanzó a vivirlos. Se estuvo muriendo a lo largo de los 27 años siguientes.
Como parte de mi misión periodística de 1988, recorrí algunos barrios de la capital panameña, entre ellos El Chorrillo, al que entraron en 1989 fuerzas armadas gringas. Para arrasar las viviendas miserables no necesitaron cañones ni tanques, como llevaban los pies protegidos por buenas botas, las tiraban a patadas.
La invasión es, para Panamá, la segunda, México se quedó en la primera. Es doloroso que haya individuos nacidos en México que aplaudirían la segunda. Su única preocupación es que no soportarían la pérdida del pasaporte.
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