Así comenzaban las cartas que en mis tiempos infantiles le escribíamos al generoso señor de abundante barba, traje rojo y botas altas, que nos traía juguetes, muñecas en el caso de las niñas, la noche de Navidad, Y era de cajón la frase siguiente: Querido Santoclós: como me portado bien, quiero que me traigas…Y luego la lista, a veces exagerada, que en pleno invierno hacía sudar a los padres. Pero, en fin, todo lo que tenían que hacer era ir a las oficinas del correo y echar las cartas al buzón. Allá, en el Polo Norte, que se las arreglara Santoclós.
Los favorecía, además, la curiosa circunstancia de que nos alegraba tanto hallar en la cabecera tan lindos juguetes que nos habían “amanecido” que no advertíamos que faltaban otros que habíamos solicitado en la carta. Por otro lado, la emoción de la noche mágica nos privaba de juzgar con lógica. ¿Cómo estaba eso de que Santoclós se colaba a las casas con todo y regalos, por las chimeneas, si en Ciudad Obregón, donde pasé y pedí juguetes los primeros seis o siete años de mi vida, ¡ni chimeneas había! Sin contar con que el gordo de Santa se habría quedado atorado en cualquiera que hubiera existido.
Yo hubiera deseado prolongar mi creencia en Santa, pero una empresa editorial gringa le hizo una canallada: lanzó una revista de monitos en la que Santoclós aparecía casado, y no con una hada sino con una señora burguesa y aburrida que ni por asomo poseía una gracia. ¿Qué nos hizo el bueno de Santa para que le inventáramos un hogar sin magia?
Yo guardo como un tesoro tres o cuatro cartas que mis hijos mandaron a Santoclós por mi conducto pidiéndole juguetes que en mis tiempos de infancia no se fabricaban todavía. Dejaré instrucciones para que cuando me muera las coloquen sobre mi corazón antes de ser cremado. Sé que las cartas se burlarán del fuego y se conservarán intactas. Y yo podré estar leyendo lo que escribieron mis amados chamacos durante toda la eternidad.
carlosomoncada@gmail.com