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Cuento de Navidad

Andrés González Prieto
Martes 23 de Diciembre de 2025
 

En el callejón no conocíamos el árbol de navidad, ni siquiera sabíamos de su existencia, mucho menos que solo adornaba la casa de los ricos, es más, ni sabíamos que existían los ricos, esos que tampoco conocían el callejón.

Nuestro punto mas cercano a la navidad era el niño dios, ese personaje que se identificaba con los pobres, pues pobre nació, decían que en un pesebre, y pobre murió, decían en una cruz.

En temporada navideña en la doctrina sabatina, nos hablaban de la virgen María y de San José y cómo tuvieron que huir en un burrito sabanero hasta llegar a Belem.

En el barrio del callejon éramos tan pobres que ni siquiera sabíamos que éramos pobres, vestíamos la pobreza con la raquítica dignidad del salario de nuestros padres. Era una fiesta en la palomilla cuando cualquiera de sus miembros estrenaba la ropa heredada de sus hermanos mayores, a veces zapatos o huaraches que nos quedaban grandes, pero así los lucíamos, sin provocar envidia. Sabíamos que era época navideña porque los “aleluyas” de la calle siguiente pasaban y nos regalaban bolsitas de dulces, sin necesidad de decir “El yo pecador” de memoria, nos invitaban a visitar su iglesia pero nuestras abuelas, nos decían que si íbamos nos iríamos al infierno con todo y huaraches. Yo quería mucho a mis huaraches, nunca fui.

Ah… hermosos tiempos, daría lo que me queda de vida por volverlos a vivirlos, no importa en la extrema pobreza.

Aun no nos contaminaba la televisión destruyendo fantasías, muchos de nuestros héroes venían de los cuentos que rentaba Don Panchito, en un tendedero donde colgaba en siete hileras los “chistes”, cuentos o revistas en la esquina de la calle grande para ver quién los rentaba a diez centavos. Ahí nos apostábamos al acecho en dos hileras humanas para ver las portadas solamente, cada uno las fotografiábamos para dejarlas a merced de nuestra inocente imaginación y fantasía para luego compartirlas con historias inventadas cuando la obscuridad lo permita. Nos daba alegría ver la foto del “Santo el enmascarado de plata” a todo color, alegraba que estuviera vivo cada semana, a pesar de luchar contra momias y monstruos del más allá y a veces con seres de otro planeta.

 Por la tarde antes de llegar Don Panchito, con hojas de árbol le barríamos su espacio y con agua mojábamos el lugar para que no se hiciera “polvadera”, agradecido de nuestro inocente a comedimiento nos dejaba ver un cuento, (¿de quién creen?) era como si a una jauría le echaran un pedazo de carne, ¡pero en orden o se los quito! Me sentaba en el suelo, dos a cada lado y dos arriba de mi cabeza, es ahí, donde yo tomaba el rol de líder, aunque no sabía ni leer ni escribir, solo deletrear, contaba a cuenta silabas la historia gráfica de nuestro plateado héroe, en tartamuda síncopa, “El Santo” les había hecho “la Nelson y la quebradora” al mendigo rufián que les pegaba a los niños y las patadas voladoras a las momias de ultratumba, nos alegraba ver que en su convertible llevaba la comida de los pobres y aunque no se acordaba de nosotros, éramos felices, sabíamos que había otros que necesitaban más…Acto seguido nos íbamos cual parvada de loros en franca algarabía rumbo al callejon, bastión imaginario de inocentes aventuras, nuestro castillo como el de Rolando el rabioso y su escudero, muchos no teníamos hambre porque no teníamos que comer y ni falta que hacía, nuestros oídos ya estaban acostumbrados al permanente concierto de nuestras tripas… máscaras exentas de baño, mocos embarrados en cachetes, camisas rotas sin botones, ombligos al aire…¡Éramos felices!...

En navidad los niños del barrio nos juntábamos con humilde alegría para compartir nuestros regalos: un trompo, un balero, un carrito de lámina tricolor, una pistola de trikis laminada y sus rollitos de parque (los trikis), un pelotón de soldaditos de plástico atrapados aun en bolsa de red, unos carritos de madera y unas canicas de colores con un “catotón” más grande ideal para la “Guica”. Las niñas con sus muñequitas de trapo, sus trastecitos de barro y su curso gratuito en el “Chisme” del cual muchas salieron profesionales. Seguramente éramos felices, ¡siempre nos amanecía lo mismo!

A ninguno de nosotros nos importaban los atuendos, si estos estaban des- cosidos, deshilachados o traían un “Hoyo” por algún cañonazo accidental. Nadie le sacaba el “Mole” a nadie y a lo más, le chismeábamos a alguna mamá, que su hijo estaba diciendo “Picardías” pues dijo “Pito” en vez de silbato., éramos como una familia en el callejon mentado, protegidos en la inocencia social. Si alguien traía dulces los compartía, si alguien traía nieve, ¡Se escondía!”

Si el niño dios no tenía árbol de navidad, qué nos importaba no tenerlo, alguna canción, de algún gran compositor diría en el futuro “Que me perdone Santa clos pero a mi me gusta, más el niño Dios”

Es Cuanto. Feliz Solsticio y año nuevo.

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