Hoy hace 53 años que Pablo Neruda cerró los ojos para siempre y se marchó a morar en el paraíso destinado a los poetas. Oremos por él.
Ya escribí en otra ocasión que la manera de orar por los artistas muertos es dedicar el día a escuchar su música, si eran compositores o cantantes, dar a la vista la magia de sus cuadros si fueron pintores, si se puede directamente, si no, en las fotos de sus cuadros; leer en voz alta sus poemas si poetas fueron.
Muy temprano, llevé a mi estudio los ejemplares que hace años me acompañan: Odas elementales, Cien sonetos de amor, Incitación al nixonicidio y Alabanza de la revolución chilena, Confieso que he vivido, Para nacer he nacido (estas dos últimas obras en prosa), Las manos del día, Nuevas odas elementales, Residencia en la tierra, Las piedras del cielo, La espada encendida, Plenos poderes (tengo dos ejemplares), El habitante y su esperanza, Canto General (la obra completa bien empastada y una antología de la misma en edición modesta), Cantos Ceremoniales, Memorial de Isla negra, Aún, Extravagario, Los versos del capitán… No incluyo Veinte Poemas de Amor y Una Canción Desesperada porque no necesito el libro para recitar lo que está vivo en mi memoria (“Puedo escribir los versos más tristes esta noche//. Escribir, por ejemplo, la noche está estrellada y tiritan, azules, los astros a lo lejos…”
Tremendo aquello de “Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise”, que unos cuantos versos adelante se convierte en “Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero”).
Por ahí destaca el grueso libro Yo acuso, una colección de discursos que Pablo pronunció cuando era senador en su patria. Los reunió el investigador Leónides Aguirre.
Expulsado de Chile recorrió buena parte del mundo, incluido México. En 1971 se le otorgó el Premio Nobel y falleció dos años después, elo 23 de septiembre 1973. Se fue con la amargura de atestiguar la asquerosa traición de los militares chilenos.
Les dejo, lectores, su recuerdo. Yo me voy a rezarle con su propia poesía.
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