Está uno tranquilo, con los problemas que estremecen a la sociedad supuestamente resueltos, y un breve mensaje en Facebook le remueven las convicciones. Bajo el nombre de Grace Wall aparece el dibujo de un niño pequeño que pregunta a su hermanito, aún en el vientre de la madre: ¿Y tú qué quieres ser? Y el feto en formación contesta: “Un perrito”. Y abajo, con letras llamativas, se acusa a esta sociedad en que “el maltrato a los animales es un delito y matar un bebé es un derecho”.
Cuando estudié Leyes, mi generación se mostró conforme con que el Código Penal sancionara a la mujer que aborta para ocultar la falta pero no a la que actúa por prescripción médica por hallarse en peligro su vida o si se arriesga la integridad física del bebé.
En el curso de los años se intensificó la polémica por parte de grupos feministas que quieren que se permita el aborto en libertad por la decisión de la mujer embarazada, y en contrapartida, grupos que se oponen generalmente por motivos religiosos, sin hacer excepciones.
De este forcejeo ha surgido un “argumento” que no sólo sostiene el primero de esos grupos sino, cada vez más, mujeres responsables de conducta adúltera: “Es que soy dueña de mi cuerpo y puedo usarlo como desee”, presumen.
Por ese camino, un sujeto podría disparar contra otro y alegar: “Es que pierdo el control de mis emociones y no reflexioné en que cometía un asesinato”.
Los legisladores buscan soluciones aplicables a todos los casos. Entiendo que se propone bajar a 16 años (¿o a 14?) la edad en que sea legal el consentimiento sexual de la mujer. Hay activistas que aconsejan, en lugar de enseñar conceptos éticos, repartir preservativos a puños para que las jovencitas se protejan.
Por ahora, estoy de acuerdo con la legalización del aborto si un médico certifica los peligros que se citan. Pero me resulta difícil dar en una columna una opinión definitiva en un caso en que se desconoce el punto de vista del principal afectado: el bebé.
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