En el espacio de hoy debería de publicar una reseña del libro “Décimas de Simas”, que terminé el jueves. Se lo prometí a su autor, mi viejo y querido amigo Rigoberto Badilla. Pero murió el mismo jueves la soprano Lourdes Ambriz. Sólo puedo pensar y hablar de su voz admirable. Perdona. Rigoberto. Espérame un día más.
A veces escribo de política y el episodio reciente es la agresión de un delincuente del PRI que hirió a puntapiés a un fotógrafo de prensa en el Senado. No puedo manchar mi columna hoy con el nombre de ese sujeto despreciable. Discúlpenme los indignados. Mi memoria está entregada a la voz y la imagen de Lourdes Ambriz.
La escuché cantar por primera vez en un recital abierto al público en una sala cultural separada por una angosta calle de la Alameda Central (en México), recital dedicado a canciones de la época virreinal. Vestía de negro y estaba bellísima. (¿No era la sala José Martí?)
Al Festival de Álamos vino el 28 de enero de 2004, y aunque suele integrarse un recital con soprano o mezzo y tenor o barítono, esa noche la acompañó Claudia Montiel, también soprano; y al piano Alberto Cruzprieto, que llegó a ser bien conocido y estimado en Sonora.
A mí me entró la ambrizomanía y pronto incorporé a mi discoteca personal la ópera “Montezuma” (así como lo ven, es correcto) de Carl Heinrich Graun, compositor del siglo XVIII en la que cantan Lourdes, Encarnación Vázquez (otra amiga querida) y tres cantantes mexicanas más.
Luego hallé un c.d. “Canciones arcaicas”, obras de seis compositores mexicanos y 18 “espirituales”- Y un compacto más con 16 leaders de Handel, Schubert, Schumann, Brahmas y otros genios de igual estatura.
Estos discos no están en mi poder. Regalé toda mi discoteca a Álamos, por conducto de la Fundación Nellita de Bours, adonde pueden ir los interesados y escucharlos ahí mismo.
Cuando muere un artista, me pongo triste pero sé cómo recobrar la alegría. Si era escritor o escritora la persona fallecida, me pongo a leer sus libros en voz alta; si era músico o cantante, escucho con devoción sus instrumentos o sus voces y establezco comunicación con ellos.
Si alguien dispone en casa de uno de estos discos, o si va a escucharlos a la Biblioteca Musical de Álamos, piense en Lourdes Ambriz y dígale de mi parte que le agradezco la felicidad de haberla escuchado…, de seguirla escuchando.
Carlosomoncada@gmail.com