Lo primero que comencé a leer en cuanto le agarré al manejo de “la leida y la escribida”, en la primaria, fueron las noticias internacionales. Mi papá compraba los dos periódicos locales (en Cajeme) que informaban todos los días sobre el desarrollo de la guerra, y en los cines veíamos, aunque atrasadas, imágenes auténticas de los bombardeos por mar y aire. Desde entonces se despertaron en mí sentimientos de simpatía hacia los hebreos y los consideré los más atormentados por la discriminación y los prejuicios.
Hace 35 años reafirmé estos juicios al conocer y recorrer el más grande campo de exterminio establecido por los nazis en Polonia: Auschwitz. Es ahora un museo en donde se conservan las burdas literas en las que dormían dos o tres prisioneros esqueléticos a punto de ser asesinados. Los encerraban por docenas en un baño de cuyas tuberías no salía agua sino un veneno letal. Los cadáveres eran conducidos al horno que los convertía en cenizas.
Cuando la ONU aceptó la fundación del Estado de Israel no dudé un minuto en reprobar el rechazo de los palestinos (y de los árabes en general) y me sostuve en esta opinión hasta hace poco. Pero ya no más sentimentalismo sin fundamento.
Acaba de ser asesinado un periodista en Gaza, Anas al Sharif, autor de memorables reportajes publicados por la agencia noticiosa “Al Jazeera” sobre la matanza masiva de palestinos bajo las bombas israelíes, y los peores asesinatos en la historia de la humanidad: los niños asesinados por hambre. Los judíos se proponían matar al periodista desde hace más de un año. Y con conocimiento preciso de la ubicación de su tienda, hacia ella dirigieron esta semana los proyectiles.
Cuando reprobé el atentado contra la libertad de expresión en perjuicio de colegas de Tabasco, dije que sentimos la agresión en carne propia a pesar de la lejanía. Mucho más lejos se encuentra la franja de Gaza, pero el dolor y la furia son de igual intensidad. ¿Y la protesta del canciller mexicano? Debe haberla hecho en voz baja porque no alcanzamos a escucharla.
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