Dar con candidatos aptos para ocupar cargos públicos se va haciendo cada vez más difícil. Llevamos tiempo averiguando dónde están los políticos no corruptos porque creímos que con esa cualidad bastaba para que hicieran buen papel como legisladores o como gobernadores y presidentes. Pero resulta que han de contar con una característica más: no deben ser idiotas.
Nuestros padres y abuelos nos recomendaban “aprender en cabeza ajena”, y en estos días ha surgido un ejemplo, en la Ciudad de México, para aplicar la enseñanza. La delegación Cuauhtémoc (ahora municipalidad) está a cargo de una mujer que, idiotizada por los prejuicios, ordenó que retiraran de la vía pública las estatuas de Fidel Castro y del Che Guevara, nada menos que los luchadores por la libertad de Cuba, porque los considera comunistas enemigos de la democracia.
No colocaron las estatuas en otro sitio. En este momento se desconoce su paradero. Podrían encontrarse en la basura o convertidas en polvo a base de marrazos. Lo que está viva es una violenta polémica entre los santurrones que aplauden la acción y los librepensadores que la reprueban.
La delegada puede sustentar la ideología que le indique su cerebrito, pero tengo el derecho de considerarla idiota porque el servicio público ha de amoldarse a las leyes y al interés de México, no a ideologías religiosas o políticas. México ha sostenido estrecha y cordial relación con Cuba desde siempre. Los mexicanos nos sentiríamos insultados si menospreciaran allá las estatuas de Hidalgo, Morelos, Juárez o cualquier otro de nuestros próceres. Y el acto de menosprecio de que han sido objeto Fidel y el Che es un insulto contra los cubanos.
La delegada, cuyo nombre me resisto a escribir en esta columna, ha incurrido en un acto que al mismo tiempo es imbécil y antidiplomático. Echarla del cargo sería una buena manera de disculparnos con nuestros amigos cubanos.
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