-Secretario ¿qué hora es? -preguntó Porfirio Díaz.
-La que usted diga, Señor Presidente -contestó el secretario.
El chiste es muy conocido, ya no causa gracia, pero viene a colación por la vigencia de una conducta que ha permanecido entre la clase política mexicana de ayer y hoy.
Antes nos acostumbramos al desmedido elogio de los priistas al presidente en turno, cuando vinieron los panistas las adulaciones no cambiaron de tono y ahora vemos sin asombro los desmesurados elogios que se vierten a la presidenta Claudia Sheinbaum, elogios tan inútiles como las críticas viscerales que le hacen algunos opositores.
Entre esos dos extremos, el adulador incondicional, exagerado, y el rabioso crítico que apoya sus argumentos en chismes y prejuicios políticos, pierde sentido la convivencia liberal que, se supone, debe prevalecer en un país como el nuestro que tanto ha anhelado estar a la altura de las democracias más desarrolladas del mundo.
El culto a la personalidad que aún se rinde a líderes como el norcoreano Kim Jong-Un se asoma entre nosotros en todos los niveles de gobierno, no sólo en el poder máximo -la Presidencia de la República. Aparece en las administraciones municipales y de gobiernos estatales.
Una muestra inmediata, práctica, la vemos todos los días en los actos oficiales donde se pondera en demasía la presencia del "ejecutivo" o en caso de ausencia se evoca su importancia en los temas que motivan dichos actos. No se diga en los comunicados oficiales donde todo, hasta lo más insignificante, se hizo o se hace por obra y gracia del alcalde o gobernador en turno, quienes no admiten el menor cuestionamiento, sólo esperan adulaciones y la aprobación incondicional a sus actos y palabras.
En eso estamos, en una fase política que se cree superada y nos mantiene en el subdesarrollo democrático.