Hay personajes en nuestra vida que merecen recuerdos, inclusive suspiros y lamentos cuando parten. La historia social de los pueblos no es escrita por los vencedores, sino por las personas que fueron objeto de un buen recuerdo.
Este es el caso de mi estimado “Meño”, creo que ni a él le importaba su nombre, lo había enterrado para facilitar su trato social.
Era un personaje libre de ataduras, envuelto en las fragancias del “Peace & Love”, se inició en las lides musicales sin tocar un instrumento, nació para ser guía, gurú espiritual en la música de dos o tres generaciones. Difícil no recordarlo, con su sonrisa franca, su amabilidad espontánea y su don de gentes, servicial no solo por compromiso sino como regla natural.
Dentro de su medio forjó una personalidad sin competencia, en su ramo, las discografías, tendencias, hit parader, era único. Fue empresario sin ganancias, solo por darle presencia a su amor por la música de rock, sin él nunca hubiéramos conocido las profundidades de tantos estilos de ese género sin sus luces orientadoras y muchos músicos profesionales mentirían si no aceptaran su influencia.
Partió pues el buen “Meño”, algunos dicen que solo en el minúsculo mundo de los genios en el que arropaba sus vivencias, pero les puedo asegurar que partió satisfecho de haber sembrado en tierra fértil su amor por las artes musicales, su último adiós seguramente fue acompañado del último concierto de Ozzy Osbourne, Black Sabbath y lo acompañaremos en su “escaleras al cielo” todos los que gozamos de su amistad y bonhomía.
Hay personajes en nuestra vida que merecen recuerdos, inclusive suspiros y lamentos cuando parten, uno de ellos es el “Meño”.
Vayan los míos en su memoria, que el olvido nunca lo alcance. Cremarán sus restos pero no su inolvidable sonrisa.