¿Y si me tiro al vacío?
L. Carlos Sánchez
Jueves 29 de Octubre de 2026

¿Cómo se delimitan y cómo se eligen los temas en un proyecto narrativo? Pudiera ser a partir de una pregunta, como es el caso de la novela: ¿Y si me tiro al vacío? (Ed. Nitro / Press, 2024) de la escritora Adriana Ayala. 

¿Cómo se hace para lograr que los temas imbriquen de manera clara y certera en la construcción y desarrollo de un libro, en cualquiera de los géneros? Las obsesiones, la sensibilidad, el bagaje lector, las pulsaciones dentro del vientre, la intuición, la clarividencia. ¿Qué más? 

¿Qué tanto importa el mundo a quiénes escriben? ¿Qué tanto conmueve el dolor de los otros que son iguales? ¿Se persigue el éxito o se ejerce la empatía con esos seres que se transforman en personajes y desdoblan sus pensamientos, sus ideologías, dolores y por momentos la felicidad? 

El trance que Adriana Ayala experimenta en esta cronología del tiempo en el cual habitan los personajes de este Y si me tiro..? tiene como punto de partida, quizá, su capacidad de observar, el talento para definir y decantar lo que quiere y necesita contar.

A nadie que esté en esto de la construcción de arte, le debería ser ajeno la rasgadura con la que van por la vida los otros, esos seres que respiran de nuestro mismo aire. Adriana lo testifica y lo pone dentro de esas cuartillas que ha escrito bajo el mandato de las voces que emanan de su interior. 

Tal vez desde las entrevistas informales, los acontecimientos de sus cercanos o no, la nota aquella que se topó en una lectura encima del metro, lo que le dijeron que se dice y tal suceso cimbra su mente y su cuerpo. O tal vez lo que se vive en carne propia y la experiencia es un guion formidable para compartirlo también con los lectores y el mundo entero. Ojalá. 

La habilidad para edificar una historia que son muchas, no es cosa menor. En el interior de la lectura podríamos conjeturar que la novela se construye de apoco y al son de una y otra escaleta. Porque el entramado vislumbra creatividad, chispa y decisión tanto en el lenguaje como en el ritmo. Oh sorpresa en cada uno de los monólogos que desencadenan en revelación que se concatena con uno y otro personaje. Los capítulos de la claridad. Mácula de sintaxis y gramática. Las horas, los años, la vida dentro de un libro de múltiples títulos que se convierten en la herramienta perfecta para el momento de escribir. Cuán necesaria esa infancia-adolescencia-juventud dentro de la literatura. 

¿Cuánto tiempo llevó a Adriana Ayala la escritura de esta novela? ¿Cuántas premisas se estableció? ¿Cuántas se cumplieron y cuántas complementan los lectores? 

Por lo pronto tengo la certeza de que el libro imanta. Que no se puede dejar la lectura para el día siguiente, que la muerte se viste de suicidio a partir de la claridad, honestidad y desgarramientos de los personajes, que el incesto, el SIDA, la leucemia, la bipolaridad-depresión tienen la marquesina que se merecen, decir lo que acontece es tarea sine qua non de quienes escriben, porque si no: ¿el arte para qué? 

Ahora dan ganas de encender el televisor, o de acudir a la pantalla de un cine para ser espectador de ese vacío que aguarda en cada uno de los personajes que conviven dentro de esta obra. 

Aquí hay un guion y todas las escenas dispuestas para esos cineastas necesitados de buenas historias. Que levante la mano el más valiente, la más atrevida directora. En esta novela centelleante existe todo, excepto el vacío. 

 

 
 

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