La mayoría de las evaluaciones sobre el histórico triunfo de Lula en las recientes elecciones de Brasil responden a la narrativa del "avance de la izquierda y contención de la derecha en América latina". A partir de este sesgo ideológico, se abre paso a un debate cargado de subjetividades que distorsiona la discusión sobre el núcleo duro de los factores económicos subyacientes; un torrente de valoraciones emocionales que quedan desvinculadas de los asuntos económicos en cuestión.
El más interesado en que América latina se polarice bajo el binarismo de izquierdas y derechas podría ser Washington, pero el fenómeno social en torno a la personalidad de Lula rompió con ese esquema. Las movilizaciones convocadas por el propio candidato tres semanas previas a la segunda vuelta incorporaron a cientos de miles de jóvenes y adultos que no habían participado en la primera vuelta. Este ímpetu social y político rebasó al Partido de los Trabajadores (PT) y a la propia alianza partidista que lo postuló, un hecho que el presidente electo reconocería al formalizarse su victoria. Así mismo, la intervención abierta del gobierno norteamericano y el respaldo de Donald Trump a favor de Jair Bolsonaro funcionaron como un acicate para el nacionalismo y la defensa de la soberanía.
La mayoría del pueblo de Brasil confirmó en las urnas su rechazo a que la nación sea un traspatio económico y una fuente de materias primas al servicio de la estrategia geopolítica de Wall Street y Londres, estructuras que utilizan al gobierno de los Estados Unidos como un instrumento neocolonial en las Américas.
Ante esta irrupción nacionalista, los gobiernos de la región -independientemente de sus signos ideológicos- no tardaron en reconocer a Lula como presidente electo. Nadie en el hemisferio puede sustraerse al hecho de que Brasil posee un peso estratégico indiscutible y funciona como un factor de arrastre económico. Esto representa una clara derrota para el "Escudo de las Américas", el mamotreto ideológico promovido por el trumpismo que pretende fragmentar a la región en un trasnochado esfuerzo por revivir los fantasmas de la guerra fría.
La estrategia de subordinar a Brasil a dicho esquema geopolítico y sacarlo del agrupamiento de los BRICS ha fracasado. El triunfo de Lula consolida la presencia de Brasil en un conjunto de naciones que explora e instrumenta una nueva plataforma de inversión y comercio multilateral diseñada para protegerse de la incomprensión del sistema financiero del dólar y de su guerra económica.
Sin embargo, este agrupamiento soberanista e integrador encuentra un límite pragmático en el norte del continente. La conducta de México resulta contradictoria en este escenario de reconfiguración hemisférica. A pesar de que la administración de Claudia Sheinbaum se presume y es catalogada internacionalmente como un gobierno de izquierda -compartiendo una retórica de justicia social y soberanía similar a la de Lula-, su anclaje estructural responde a una perspectiva económica radicalmente distinta.
La profunda adhesión de México al TMEC amarra el destino económico del país a la dinámica norteamericana, obligándolo a priorizar la integración con Estados Unidos por encima de los proyectos multilaterales del Sur. En términos prácticos esta dependencia comercial e industrial aleja a México de la órbita de Brasil y de la plataforma de los BRICS , evidenciando que las cadenas globales de valor y las fronteras geográficas pesan más que las simpatías ideológicas.
Así, mientras Brasil se posiciona como el motor de una alternativa multipolar en el hemisferio y fortalece la voz del Sur global, México opera bajo las estrictas reglas del bloque de América del Norte. El contexto actual demuestra que la etiqueta de "izquierdas" no basta para unificar a la región. La lógica pragmática y la cobardía han terminado por imponerse en el gobierno de Claudia Sheinbaum.
Esta disparidad de rumbos se vuelve aún más crítica al evaluar las consecuencias internas para México. Al mantenerse ceñido al esquema comercial derivado del TMEC el país pone en riesgo su futuro. Lejos de consolidar un desarrollo soberano el Tratado ha propiciado una profunda desindustrialización. Al subordinar la planta productiva local a las dinámicas de ensamblaje e insumos importados se destruyeron los encadenamientos de valor internos convirtiéndo a la economía en un apéndice dependiente de las necesidades manufactureras e industriales del mercado Norteamericano.
El golpe más severo a la soberanía se aparece en el campo. Bajo las reglas que tratan los alimentos como meras mercancías transables, el acuerdo ha profundizado de forma alarmante la dependencia alimentaria mexicana. La masiva importación de granos básicos e insumos subsidiados desde Estados Unidos no solo ha quebrado a los pequeños y medianos productores agrícolas locales sino que ha hipotecado la seguridad alimentaria del país obligándolo a importar lo que constitucionalmente debería garantizar.
De este modo América Latina queda afectada por dos realidades contrapuestas. Por un lado, el Brasil de Lula que aprovecha su peso estratégico para ensanchar sus márgenes de maniobra e insertarse en el nuevo orden multipolar a través de los BRICS. Por el otro el México de la autodenominada "izquierda" continúa atado al carro norteamericano sacrificando su autosuficiencia alimentaria e industrial en el altar de un pragmatismo comercial que a la larga le arrebata el control de su propio destino.
Desde el Valle del Yaqui, Ciudad Obregón, Sonora, a 27 de octubre del 2026.