Podría decirse que tengo mala suerte: la inauguración del Festival Emiliana de Zubeldía me agarró en la Ciudad de México y no pude asistir. Pero aunque hubiera estado en Hermosillo, mis piernas noventeañeras no me habrían permitido subir la escalinata del auditorio del Museo y Biblioteca, sede de los conciertos.
Sin embargo, mi suerte puede cambiar pues el Festival comprende conciertos que me llenarían de gozo el 20 de noviembre y el 4 y 5 de diciembre en el mismo auditorio, si me dejan subir por la rampa que se encuentra a un costado del edificio por la calle Juárez. Conozco el camino porque la rectora Rita Plancarte me concedió ese privilegio la noche que tomó posesión del cargo.
La clausura, en la que tocará nuestra Filarmónica, será el 6 de diciembre en el Teatro de la Casa de la Cultura pero para entrar ahí no requiero más que el apoyo de mi andadera.
Necesito, sí, localizar a cuatro amigos (o amigas) que me lleven de mi casa al auditorio tres noches y una a la Casa de la Cultura y me regresen a casita. Y, desde luego, necesito también el permiso de la autoridad universitaria para hacer uso de la rampa que menciono en el segundo párrafo.
Estoy ansioso de probar siquiera parte de este Festival, que organiza la doctora Leticia Varela por el cariño y la admiración que le profeso a la maestra Emiliana de Zubeldía. La conocí en 1950, cuando comencé a estudiar la Prepa en la Universidad adonde había llegado ella poco antes. La entrevisté varias veces y fui beneficiario de sus dotes docentes pues cada vez que reseñaba un concierto aquella inolvidable Sinfónica del Noroeste, yo buscaba su orientación antes de redactar mis notas.
Inclusive ahora, a casi 40 años de su muerte, la invoco en espíritu para que ruegue por mí, y consiga en el cielo el apoyo necesario para participar de su Festival.
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