Desde que cultivo, como lector y como escritor, la literatura (desde la adolescencia) mi interés ha estado centrado en el estudio de la conducta de los seres humanos que me rodean. Es natural que por esa razón, ajena a simpatías políticas, enfoco la atención, en esta época, a la conducta ambiciosa y tenaz de varones y mujeres ansiosos de conquistar posiciones de poder.
Es fácil plantear numerosas preguntas al respecto, pero en mis solitarias reflexiones he optado por comenzar por una muy sencilla. ¿Qué pasa en el cerebrito de algunos precandidatos que se lanzan a competir por un cargo para el que evidentemente no están preparados?
Es absurdo imaginarse a la señora Célida López como gobernadora o al joven Froylán Gámez, cuya trayectoria política, si la tiene, desconoce la gente.
Que el junior Colosio le esté haciendo la lucha para ser gobernador de Sonora o de Nuevo León, lo que caiga, sólo se explica por la ambición de poder combinada con la vanidad. Se siente simpático cuando contesta, a quien le pregunta dónde nació: ¡en Magdalena!, porque no se atreve a mentir asegurando que en Sonora.
Están juntas, en mi biblioteca, varias obras de Freud, encabezadas por su “Introducción al psicoanálisis”; los “Tipos psicológicos” de Jung, que recogen 20 años de sus experiencias prácticas; los “Principios de psicología”, de William James, libro gordo y muy instructivo que me bebí cuando daba clases en la Universidad de Hermosillo, y para no hacer la lista más larga, los estupendos libros de Irvin D. Yalom. Gracias a ellos entendí cómo funciona el cerebro del enamorado o la enamorada ilusa para convencerse de que será correspondido, y he aplicado lo que estudié en mi obra literaria.
Como se me hace que al repasar esas páginas comprenderé cómo funcionan los cerebritos de los políticos ilusos y cómo gozan con el autoegaño.
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