Faro, pilar, guía, sensei, persona de rigor y disciplina, entre otras palabras de reconocimiento resonaron en la sala 3 de tutorías para rendir un homenaje a Manuel Domitsu Kono por su trayectoria de 50 años sin pausa como profesor de tiempo completo en el Itson.
Y mientras la lluvia se unía al coro de aplausos y rostros emocionados, se proyectaron fotos alusivas al medio siglo como docente, que inició un 11 de agosto de 1976 en un aula del edificio 200 de la unidad Centro frente a un grupo de estudiantes de Ingeniería Industrial.
En su condición de ex alumna y hoy compañera docente, Erika Ruiz compartió que fue la única materia que dio de baja durante toda su carrera y sin embargo, se inscribió de nuevo en su clase porque quería aprender del mejor.
De esa pasión, entrega por la excelencia académica, resaltó: “su herencia no se mide en terabytes ni en megabytes; se mide en las generaciones de ingenieros que hoy aplican la lógica, la ética y el valor del trabajo duro que aprendieron en su clase. Nos enseño a programar, pero sobre todo a forjar nuestro carácter”.
Porque escuchar el apellido Domitsu entre las aulas y pasillos de la unidad Náinari provoca reacciones diversas aunque sobresalen las que inspiran el respeto y admiración. No solo por su condición de decano sino por la formación de generaciones en el área de las ingenierías y de ello habla su discreta, pero fructífera labor.
Destaca que por 6 años consecutivos fue nombrado maestro distinguido, responsable del programa educativo de Software, así como fundador del programa de ingeniería
en Electrónica, además de autor de varias publicaciones, así como asesor de tesis a nivel licenciatura y posgrado.
Fue precisamente por estos territorios donde conoció a Lilia, a quien daba asesorías y que por más de 46 años es su compañera de vida y con quien construyó una sólida familia compuesta por sus hijas Sayuri y Yuriko.
Domitsu Kono proviene (casi obvio) de una familia japonesa, como varias que llegaron a América hace más de un siglo en la búsqueda de un mejor destino. Primero se ubicaron al sur de México y luego más al norte, incluido el valle del Yaqui.
Nació en Ciudad Obregón un miércoles 15 de diciembre de 1954, pero por azares de la vida desde muy pequeño se fue a vivir con sus abuelos maternos a un barrio de la ciudad de Guadalajara.
Tras el fallecimiento de ambos, a los 9 años se regresó a Cajeme, que experimentaba un despegue económico por la Revolución Verde y a la par de sus estudios primarios trabajó en un negocio familiar, cuyo nombre le recordaba a su madre: Romana.
Tras culminar la preparatoria y en Sonora no se ofrecía la carrera que aspiraba, Electrónica, uno de sus tíos le informó que en Guadalajara, el ITESO abriría una carrera parecida y para 1971 inicia sus estudios en Ingeniería Mecánico Electricista, incorporada a la UNAM.
Y de nuevo a transitar por los mil kilómetros que separan a este valle del occidente: algunas veces en tren, otras en camión, pero siempre con una maleta cargada no solo de ropa y libros, también de ilusiones y esperanza en el porvenir..
Su estancia definitiva por estas tierras ocurrió al terminar la universidad, cuando uno de sus profesores, de apellido Amézaga, comentó a un grupo de egresados si a alguien le interesaba la docencia porque había plazas por cubrir en el Itson.
Retorna al edificio donde estudió la preparatoria, pero ahora como docente universitario. Tuvo atractivas ofertas de empresas como Ford, pero las rechazó porque exigían viajar al exterior y estar lejos de la familia, así que mejor dedicó su esfuerzo y talento a estudiar dos maestrías, una en Administración y otra en Ciencias Computacionales.
En años recientes asiste al comedor del edificio 1800, donde comparte la sobremesa y desde su silla reservada se entera de conciertos, viajes, onomásticos, accidentes, obituarios, tendencias en redes sociales y sobre los twinkis nietos, que integran el menú diario de la maestra Mirna.
Son momentos en los que observa, escucha y revisa el celular, pero cuando habla jala la atención entre los comensales porque su humor sagaz es imposible que pase inadvertido, pues lo mismo provoca risas, silencio y miradas atónitas.
Y mientras llega el retiro, ejercita la lectura reposada en Kindle. Por ahora, la duda que más inquieta al maestro Domitsu es sobre qué gozará primero: la merecida pensión o la coca cola de vidrio de Nayarit, prometida por el maestro Víctor Noriega, quien afirma con vehemencia, es la mejor del “mundo mundial“.