Mi estimado amigo José Ángel Calderón Trujillo, con quien compartí casi un sexenio en actividades culturales, o sea éxitos y desilusiones, me llamó hace tres días por teléfono y me preguntó cómo anda mi salud. “No me quejo, le contesté, si la califico de acuerdo con mis ya cumplidos 92 años”. No sabía de él desde un remate de pinturas que dirigió con acierto.
Me explicó el motivo de su llamada: me había soñado en dos ocasiones recientes. Nuestros abuelos, o más bien nuestras abuelas, que nunca leyeron a Freud, creían que si soñaban a un amigo de quien carecían de noticia por un tiempo, era porque había muerto y deseaba comunicárnoslo.
En la vida moderna la cosa es más sencilla. Si la amiga o el amigo no nos llama ni pregunta por nosotros ni le importa (en mi caso) lo que uno escribe, es que hemos muerto para esa persona. Ni hablar. Si esta situación se prolonga, es aconsejable no hablar uno a esa persona, no nos arriesguemos a darle un susto. Creerá que uno le habla de otro mundo.
Estas reflexiones intrascendentes para el lector joven tal vez llamarán la atención de viejitos como quien las escribe, y me llevaron a la conclusión de que debo intercalar de cuando en cuando, en mis columnas, temas alejados de la política en boga que ha sido el más manoseado por reporteros y columnistas. No abandonaré el tema por completo, porque estaré pendiente de las metidas de pata de políticas y políticos para comentarlas y reírnos un poco.
Acabo de leer, por ejemplo, creo que en El Universal, que a Colosio Jr. lo favorece una encuesta que lo haría candidato a gobernador de Nuevo León, mientras hubo o hay todavía sonorenses ingenuos que lo esperan para candidatearlo aquí. Parte de mi tiempo lo dedicaré a buscar y comunicar cosas así, chistosas, a ver cómo sale el cambio de temática.. Si no resulta, me dan por muerto, y ya.
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