Dere­chos de audien­cias y los lími­tes del sobe­rano
Jorge Zepeda Patterson
Domingo 2 de Agosto de 2026

Es expli­ca­ble el deseo del gobierno de garan­ti­zar los dere­chos de las audien­cias a ser infor­ma­das y no desin­for­ma­das y a cui­dar la cali­dad de la con­ver­sa­ción pública. Nin­guna vida demo­crá­tica es sus­tan­tiva si los ciu­da­da­nos for­man su opi­nión con datos equi­vo­ca­dos y dis­tor­sio­na­dos a par­tir de los inte­re­ses polí­ti­cos y comer­cia­les de quie­nes domi­nan los medios de comu­ni­ca­ción. Des­pués de todo, los con­ce­sio­na­rios de radio y tele­vi­sión hacen uso de un espa­cio público que per­te­nece a todos y, en ese sen­tido, la socie­dad tiene el dere­cho y la obli­ga­ción de exi­gir que se uti­lice de manera res­pon­sa­ble y en bene­fi­cio del inte­rés común. Pero tam­bién es expli­ca­ble la preo­cu­pa­ción de muchos, aje­nos o adver­sos al pro­yecto polí­tico del gobierno de la 4T, de que una ins­tan­cia domi­nada por esta fuerza polí­tica esté en con­di­cio­nes de dic­ta­mi­nar y san­cio­nar los con­te­ni­dos de los medios elec­tró­ni­cos para favore­cer a sus inte­re­ses o evi­tar opi­nio­nes y aná­li­sis crí­ti­cos.

Las dos par­tes ten­drían argu­men­tos para ilus­trar su preo­cu­pa­ción. Los abu­sos y ama­ri­llis­mos o la impu­ni­dad para dañar repu­ta­cio­nes por parte de comu­ni­ca­do­res de radio y tele­vi­sión están a la vista. Pero tam­bién lo están los ejem­plos de la manera en que miem­bros de Morena en el Con­greso, en las guber­na­tu­ras o en la Suprema Corte han uti­li­zado su posi­ción de manera fac­ciosa o auto­ri­ta­ria. La posi­bi­li­dad de que per­so­nas como Adán Augusto López, Cuit­láhuac Gar­cía (exgo­ber­na­dor de Vera­cruz) o Lenia Batres (la “minis­tra del pue­blo”) estén en con­di­cio­nes de deter­mi­nar qué puede cri­ti­carse o no, fran­ca­mente ten­dría que preo­cu­par a cual­quiera. Y no digo que serían ellos pre­ci­sa­mente quie­nes ocu­pa­rían esas posi­cio­nes en la Comi­sión Regu­la­dora de Tele­co­mu­ni­ca­cio­nes (CRT), sino sim­ple­mente que el gobierno no está en con­di­cio­nes de garan­ti­zar que per­so­na­jes de esta tesi­tura no lle­guen a posi­cio­nes de poder.

Frente a tales ries­gos, algu­nos ana­lis­tas con­si­de­ran que el tema es tan deli­cado que lo más pru­dente es decli­nar y olvi­dar esta ini­cia­tiva.

No coin­cido, por­que por más que lo haya­mos “nor­ma­li­zado” habría que con­si­de­rar que la ver­da­dera expli­ca­ción para la emer­gen­cia de los Trumps y Mileis, es decir, la cri­sis por la que pasan los sis­te­mas demo­crá­ti­cos, reside en gran medida en la manera en que los medios han con­tri­buido a for­jar una opi­nión pública desin­for­mada e irres­pon­sa­ble.

La pre­gunta es cómo hacer algo para mejo­rar los con­te­ni­dos o hacer­los míni­ma­mente res­pon­sa­bles, sin dar un ins­tru­mento de con­trol a la fuerza polí­tica gober­nante, cual­quiera que ella sea. Incluso aque­llos que con­si­de­ran que Morena haría buen uso de tales atri­bu­cio­nes, no pue­den des­car­tar el peli­gro que supon­dría una herra­mienta como esta en manos de otro gobierno y con un Milei o un De la Esprie­lla al frente.

¿Existe tal riesgo en la pro­puesta que ha puesto en con­si­de­ra­ción el gobierno de Clau­dia Shein­baum? Una lec­tura a pro­fun­di­dad deja sen­sa­cio­nes encon­tra­das. La mayor parte del texto mues­tra una inten­ción explí­cita de los redac­to­res para mini­mi­zar este peli­gro. No solo es de forma: el regla­mento plan­tea que serían los pro­pios con­ce­sio­na­rios quie­nes ela­bo­ra­rían su código de ética y nom­bra­rían al defen­sor de audien­cia para res­pon­der y pro­ce­sar los cues­tio­na­mien­tos de parte del público. El dere­cho de réplica para per­so­nas afec­ta­das por una cober­tura pasa por la con­si­de­ra­ción de ese defen­sor desig­nado por el pro­pio medio.

El pro­blema de fondo reside en el hecho de que en última ins­tan­cia las con­tro­ver­sias serán falla­das por la Comi­sión. Sobra decir que algu­nos pun­tos del “dere­cho de las audien­cias” son por demás sub­je­ti­vas: dónde ter­mina la infor­ma­ción y comienza la opi­nión; en qué punto una expre­sión es o no dis­cri­mi­na­to­ria; la exi­gen­cia de que la infor­ma­ción incor­pore un con­texto con­lleva una valo­ra­ción de lo que es un con­texto correcto. Las mul­tas con­si­de­ra­das por este pro­yecto podrían alcan­zar hasta un 1 por ciento de los ingre­sos acu­mu­la­bles de la con­ce­sio­na­ria. En el peor de los esce­na­rios bas­ta­ría una cama­ri­lla orques­tada de que­jo­sos y una CRT con ses­gos ofi­cia­lis­tas para sacar del aire a un medio incó­modo. La Comi­sión Regu­la­dora de Tele­co­mu­ni­ca­cio­nes está for­mada por cinco miem­bros desig­na­dos por mayo­ría sim­ple en el Senado a par­tir de una pro­puesta de la pre­si­den­cia. En otras pala­bras, gobierne quien gobierne se trata de una comi­sión vin­cu­lada a la fuerza polí­tica en el poder.

Me parece que aquí reside el prin­ci­pal pro­blema. Para una socie­dad es dema­siado arries­gado dar atri­bu­cio­nes lega­les al sobe­rano para defi­nir o aco­tar poten­cial­mente los con­te­ni­dos polí­ti­cos de los medios o eli­mi­nar una cober­tura crí­tica. No se trata de con­cluir si Clau­dia Shein­baum lo uti­li­za­ría de esa manera o no (per­so­nal­mente no lo creo), sino de valo­rar los lími­tes del poder polí­tico en mate­ria de infor­ma­ción y plu­ra­li­dad, inde­pen­dien­te­mente de quién ocupe la silla pre­si­den­cial. Pero esto no sig­ni­fica que no deba­mos hacer algo al res­pecto. Tam­bién es dañino que un puñado de con­ce­sio­na­rios millo­na­rios defi­nan los con­te­ni­dos que nutren la con­ver­sa­ción pública.

Me habría gus­tado que los res­pon­sa­bles de esta pro­puesta la hubie­sen redac­tado pen­sando en la posi­bi­li­dad de otro con­texto polí­tico, por ejem­plo, con un pre­si­dente priista o panista. ¿Cómo defen­der el dere­cho de las audien­cias sin con­ver­tirlo en atri­bu­ción del sobe­rano y sin poner en riesgo la liber­tad y la plu­ra­li­dad? Un texto así ten­dría que recon­si­de­rar la manera en que se designa la Comi­sión, o crear una dis­tinta con carác­ter más inde­pen­diente. Y desde luego sin los enor­mes “dien­tes” para san­cio­nar uni­la­te­ral­mente la exis­ten­cia misma de los medios. Toda­vía esta­mos a tiempo.

En rea­li­dad, la mayor parte de los con­te­ni­dos del pro­yecto de ley son razo­na­bles. Solo bas­ta­ría hacer los ajus­tes que con­tem­plen la posi­bi­li­dad de que los que la han redac­tado un día ya no estén en Pala­cio.

 
 

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