Las noches del Cine Cajeme
Sergio Anaya
Martes 7 de Julio de 2026

Un paso adentro en la sala del Cine Cajeme iniciaba el escape de la realidad cotidiana. La penumbra hacía lo suyo para instalarnos en un paisaje abierto del oeste americano, con indígenas aullando alrededor de la diligencia que defendía el valeroso John Wayne. En esa época nadie se fijaba en el racismo que determinaba el triunfo del colono rubio y ojos azules sobre los salvajes autóctonos que acechaban. Y en otras noches ni siquiera los más machos entre el público eran inmunes ante la terrorífica mirada del vampiro Germán Robles.

Noches de cine, licuadora de nostalgias rescatadas infinitamente en cintas como Cinema Paradiso. Así vivimos la época dorada del  Cajeme, en la oscuridad de la sala, frente a la inmensidad de la pantalla donde vimos por primera vez los muslos macizos de una rumbera tropical que provocó ideas febriles en el público masculino, mientras las mujeres cerraban los ojos para no sentirse partícipes de la inmundicia.

Sentado en la explanada de la Biblioteca, frente a Catedral, miré una noche hacia la esquina donde estuvo el Cajeme y no pude evitar la nostalgia por aquellos años en la sala del único cine techado que tenía las dos divisiones de rigor, luneta y galería, esta última para la chusma que gritaba "¡Cuidado Santo!", cuando el maligno acechaba al Enmascarado de Plata, y los reclamos al Cácaro que se olvidaba de la cinta por estar con la taquillera.

Vi en segundos el vestíbulo con la dulcería en el centro, nosotros comprando sodas y palomitas, las parejas más elegantes vestidas para la ocasión y sentadas en los sillones mientras pasaba el intermedio. Me encontré otra vez con la sonrisa de la muchacha que caminó hacia la dulcería y al pasar entre nosotros nos dijo su discreto "con permiso". 

Vi a los que se dormían cómodamente en una butaca arrullados por el aire acondicionado. No pude olvidar las matinés del domingo. El dolor de cabeza al regresar al sol del mediodía caliente después de estar en la oscura y refrigerada sala de cine.

Y al final de esos breves recuerdos apareció Ramón Íñiguez con su camarita documentando gráficamente la destrucción del Cine Cajeme en 1992. Los instantes de la nostalgia desaparecieron.

Lo demás es lo de siempre. Donde estuvo el viejo cine hoy es un estacionamiento.

 
 

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