De la euforia futbolera nacional.al síndrome de la jauría
Raúl Héctor Campa García
Viernes 3 de Julio de 2026

Del fanatismo a la barbarie, sólo media un paso. Denis Diderot. Filósofo y escritor francés (Langres 1713- París 1784).

En el contexto de la Copa Mundial de Futbol 2026, organizado por la FIFA, en tres países sedes (EE. UU., Canadá y México), los fanáticos de nuestro país, como es de esperarse, en todos estos torneos deportivos, renace la esperanza de que a México le vaya bien. Esta vez, la selección nacional, está conformada en su mayoría, por jóvenes enjundiosos que en esta primera fase (o primera ronda) les fue bien, pasando a la segunda ronda. La fanaticada, desde el primer juego que ganó la selección, la euforia ha ido en aumento. No es para menos, han jugado bien y acrecienta la esperanza… aunque remota de llegar a la etapa final del torneo mundial.

La poca fanaticada nacional (Fifí, dirán algunos fifichairos que también se cuelan comprando sin importar el alto costo de la entrada, ahora que pueden), que acude a ver los juegos en el estadio Azteca (hoy con nombre de un Banco) antes Coloso de Tlalpan y que pueden pagar el alto costo de los boletos para ver estos interesantes juegos y el ímpetu de la selección nacional.

Por otro lado, el gobierno de México ha instalado en diferentes plazas públicas, gigantescas pantallas de televisión para que la gran masa del pueblo sabio disfrute de este evento deportivo mundial. La selección Nacional ha jugado muy bien y eso ha aumentado la esperanza de que estos jóvenes hagan un buen papel.

Desgraciadamente, en algunas personas, este entusiasmo o alegría se ha visto infectada por un maléfico y contagioso síndrome, que convierte la alegría de muchos, en dolorosa tragedia de pocos. Esto es lo que causa el síndrome de la jauría. El aullido de algunos malandros contagia a muchos, especialmente a jóvenes (aunque no es privativo de esta edad, también algunos “chavo-rucos” se infectan o aúllan). De los millones de fanáticos, que alegremente disfrutan viendo jugar a la selección nacional, en diferentes partes del país, algunos pierden la compostura o el razonamiento, sin importar a quien o a quienes pueden perjudicar en esas olas de fieras, en que se transforman, arrollando sin misericordia a quienes se les atraviesen en su locuaz agitación emotivamente perversa.

El aullido de uno o de algunos de estos perversos contagia o excitan a varias personas para provocar agresiones, tal vez inconscientes de sus actos, ocultos en la euforia del momento. Arroyar a alguien en ese caudal de gente y “no fijarse” o ni detenerse en lo que provocan, es un alto grado en que llega la estulticia o estupidez del fanatismo convertido en barbarie. Los aulladores que excitan a la jauría de inconscientes, saben bien del desmadre que provocan, pero les vale.

Hasta el momento, creo, han fallecido cinco personas: por asfixia, traumatismos causados por el maremágnum de la inconsciente alegría del momento, sin respeto a la vida. En Los Cabos una persona que iba con su familia en su automóvil, la jauría amorfa no lo dejaba pasar, golpeando y “zarandeando” el auto y en su desesperación atropella a varias personas, echándose encima de él la bárbara jauría, golpeando a la persona que iba con su esposa e hijo, hasta provocarle su muerte. 

El síndrome de la jauría es un “padecimiento” social muy frecuente, cunde y se diagnostica más en personas jóvenes, que imitan actos agresivos en donde hay concentraciones de pocas o muchas personas: Se ha observado, como ejemplo, si un grupo de gente ve un automóvil abandonado y si uno tira una piedra para romper el vidrio del auto, los demás lo imitan, dejando el automóvil destrozado. Así en los pleitos callejeros si una persona cae al suelo, acude la manada a golpearlo, inmisericordemente, con los puños, patadas y otros artefactos hasta provocarle la muerte. También este síndrome es muy socorrido por los políticos, que con sus aullidos selectivos contagian los gritos de apoyo, colocando a bestias (con perdón de este animal, no al político) selectivas en puntos estratégicos para que la concurrencia imite sus aduladores aullidos. 

Un ejemplo de este síndrome que padecen o padecieron fueron los Hooligan de Inglaterra fanáticos agresivos en los estadios donde se juega futbol soccer o los hinchas de otros países, que al aullido de unos pocos contagiaban a muchos y en las gradas de los estadios deportivos se armaban cruentas y peligrosas peleas entre los aficionados de los diferentes bandos. En México el fanatismo convertido en jaurías de rijosos o pendencieros han provocado algunas muertes. De todo esto, existen muchos testimonios. El mal ejemplo es propiciador de este nefasto síndrome que infecta no solo a la afición deportiva, tambien a otras actividades de la vida de los seres humanos. “Del fanatismo a la barbarie, solo media un paso” 

Cd. Obregón, Son.

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