Los pocos minutos que participó Memo Ochoa en la portería de México contra República Checa tuvieron una tensión especial: ¿Qué tal si en ese corto tiempo Memo hubiera recibido un gol?
El ambiente era de fiesta, de cariño por un jugador que se metió en el ánimo de los mexicanos con su última aparición en una fiesta mundialista antes de retirarse del deporte después de poco más de veinte años de actividad.
Pero el temido gol de los checos no llegó y la despedida del portero fue apoteósica, como si se tratara del máximo ídolo del deporte mexicano.
Gritos de más de 100 mil personas, lágrimas no sólo del protagonista sino también de muchos aficionados, grandilocuencia desbordada de los comentaristas en medio de la felicidad por el triunfo que obtiene México, el tercero de la competencia y ¡sin recibir un solo gol!
Estamos de fiesta y todo se vale. Todo antes de que llegue el quinto partido que se nos ha negado. Ganarlo podría ser una hazaña, pero es muy probable que se convierta en una frustración más. Todo puede ser y eso es suficiente para vivir unos días más con la ilusión.
Memo voló entre los brazos de sus compañeros de equipo. Nuestros deseos vuelan hoy, mañana quién sabe.