Se armó un argüende nacional, más o menos paralelo al principio de la pandemia, cuando se esparció la noticia de que en Bacadéhuachi y alrededores contaba Sonora con los yacimientos de litio más grandes del mundo. Nuestro gobierno se puso en guardia ante los chinos y los japoneses que suelen explotar y monopolizar la riqueza donde aparezca.
Alfredo Jalife-Rahme, tal vez el más culto chismoso de México, publicó el libro “El litio y su dimensión geopolítica” con siete ensayos de diversos autores, con valiosa información científica y económica del metal más ligero que se utiliza en psiquiatría, según leo en el tumbaburros. Y me entró la carcomita de que ya había oído algo sobre el litio.
En efecto, en la novela “Tren nocturno”, del escritor inglés Martin Amis, fallecido hace tres años, se investiga si fue homicidio o suicidio la muerte de una joven, y surgen las sospechas porque el informe de toxicología indica que la mujer en cuestión tomaba litio. Y voy otra vez al tumbaburros: se toma en dosis moderadas bajo vigilancia médica porque puede causar transtornos orgánicos, y sirve para equilibrar estados emocionales.
Se me pasaba señalar que en el libro de Jalife-Rahme hace éste crítica de las medidas que tomó el gobernador Alfonso Durazo al aparecer el litio en el horizonte como fuente de riqueza. Oficialmente, el gobierno se abstuvo de opinar.
Pero los ciudadanos quedamos con la duda. ¿Por qué cayó el silencio absoluto sobre el tema del litio? ¿Se otorgaron permisos para explotarlo a gobiernos o empresas extranjeros? ¿Fue puro cuento que Sonora posee grandes yacimientos o el silencio es la forma de protegerlos?
Lo único seguro, en cuanto a lo que he investigado, es que no causa adicción, sólo trastornos menores, como lo indico líneas atrás. En consecuencia, no estarán interesados los narcos. Eso es bueno. Pero no la riqueza que nos hicieron soñar.
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