Corregir al mejor historiador, ¡qué pena!
Carlos MONCADA OCHOA
Sábado 23 de Mayo de 2026

Para estar en aptitud de reseñar, cuanto antes, la biografía del doctor Samuel Ocaña, del ingeniero Ignacio Lagarda, me salté el prólogo del doctor Ignacio Almada, el mejor historiador de Sonora en los años que corren. Me apena señalar algunos errores de su texto, pero con pena y todo, ahí van:

Pág. 18. Al mencionar a familiares de Albita Zaragoza de Ocaña, dice que uno de ellos fue el general Ignacio Otero Pablos, candidato a gobernador de Sonora en 1936 y 1939. En 1935, recién desconocido el gobernador Ramón Ramos, por callista, figuró Otero en la terna que envió el Presidente al Senado para que se nombrara a un mandatario sustituto pero quien ganó fue el general Jesús Gutiérrez Cázares; en 1936 seguía este militar en el Ejecutivo, no era necesario buscar candidatos. En 1937 aspiró Otero pero ganó para candidato el general Ramón Yocupicio y el mismo camino siguió en 1939 el general Anselmo Macías Valenzuela. En suma, Otero quiso ganar la elección interna del partido oficial para ser el candidato, y no.

Pág. 19. Que Jesús Reyes Heroles era presidente del PRI al destapar a Ocaña; no, era secretario de Gobernación. En la Pág. 22 el autor enmienda el error: el presidente del PRI era Carlos Sansores Pérez.

Pág. Error garrafal: que Ocaña mostró “la tónica suave” de su política en el sismo que causó la caída del gobernador Biébrich. ¡Si lo consignó por enriquecimiento inexplicable y le dio un puñetazo en la nariz al publicar en la prensa nacional y la local la relación de las 26 propiedades que Biébrich y su mujer adquirieron en sólo 25 meses de gobierno! El doctor Almada debió haber llamado la atención a Lagarda por el extraño silencio en favor del gobernador más corrupto de la historia de Sonora

Pág. 22. Que Carrillo Marcor “quedó impactado” ante la forma como atendía Ocaña, subsecretario de Gobierno, los problemas. ¿Dónde confiesa su apantallamiento el licenciado Carrillo o quién estaba ahí para dar testimonio? En la misma página se dice que Ocaña ascendió a secretario cuando el licenciado Raúl Encinas, que tenía ese cargo, “cumplió su ciclo”. No me parece correcto que un historiador trate de dorar la píldora. Carrillo dijo al autor de esta columna, en su casa de la Ciudad de México, y lo asentó en una carta a “Excelsior” que cesó a Encinas porque se enteró de que había éste enviado maquinaria del gobierno para que le trabajara en un predio de su propiedad.

En general, este prólogo demasiado extenso (una docena de páginas) se ocupa de datos biográficos que también se encuentran en la aburrida biografía.

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