Faltan tres semanas para el Día Internacional de la Danza y, qué raro, no ha aparecido el mínimo anuncio de que está preparado ya el programa anual de Un Desierto para la Danza. Si está atorado, ¿Dónde? ¿¨Por qué?
El año pasado tuvo lugar el trigésimo segundo festival, iniciado (no se hagan bolas haciendo operaciones aritméticas) en 1993, de modo que al que viene le tocará el número 33, Nunca se ha suspendido, pues cuando estábamos en plena pandemia se transmitieron varias funciones virtuales y con oxígeno, pero se mantuvo vivo el festival.
En el inicio no estaba listo aún el Teatro de la Ciudad, pero se repartieron las funciones entre el auditorio Emiliana de Zubeldía y el Auditorio Cívico del Estado. No había obstáculo que no pudiéramos superar con el entusiasmo que todos traíamos.
Cuando cumplió 25 años, el Instituto Sonorense de Cultura publicó una memoria con reseñas y fotos de cada año. El libro debe estar en la cabecera de todos los directores y bailarines participantes; es maravilloso, no por las reseñas, pues como autor no debo elogiarlas, sino por las hermosas y oportunas fotografías.
Si las autoridades han decidido asesinar a Un Desierto para la Danza para ahorrarse un dinerito, las invito a reflexionar. Haremos el ridículo si le cortamos a una tradición de Arte.
Ojalá se hayan puesto en contacto ya con grupos foráneos porque si no es así, no habrá tiempo para que se preparen. Inclusive sería difícil para los grupos sonorenses.
En cualquier caso, queda la solución de que no asesinen el Festival sino que lo pospongan aunque no coincida, como ha sido siempre, con el Día Internacional de la Danza. Cierro esta sección de mi columna con el ferviente deseo de que me acusen de alarmista y me aseguren que sí habrá trigésima tercera versión de Un Desierto para la Danza.
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