Bromas ligeras, comidilla del día
José Escobar Zavala
Jueves 2 de Abril de 2026

Otra característica de José “El Chepe” Ibarra, pintoresco mecánico-soldador, era que a donde se desplazara –al banco, a las refaccionarias, al mercado, a la cantina, etc.-, invariablemente era seguido por una hilera de diez o doce perros callejeros, de todas las edades, bravos y mansos. Le tenían cariño estos animalitos, ya que, como era muy buena gente y nunca se enojaba con nadie, consentía que moraran en su taller.

Sabedores de lo anterior, varios amigos decidieron jugarle una broma. Fueron al periódico local y pagaron la inserción de un anuncio que decía: “Compro gatos a buen precio, cualquier cantidad”. Junto al texto aparecía la dirección del taller.

A la mañana siguiente, no terminaba de desayunar nuestro personaje cuando ya o estaban esperando con zarandas y cajas de cartón llenas de gatos. Enterado que fue, se limitó a sonreír a mismo tiempo que les decía que él no compraba nada, pues evidentemente lo del anuncio era producto de una vacilada.

Ante ésta situación, enojados, los vendedores de mininos procedieron a retirarse, no sin antes dejar la carga ahí, sin tapaderas las cajas y sin cáñamo protector las zarandas.

En un santiamén se nubló de gatos el taller, escenificando con los perros del lugar una endemoniada batalla campal. Parecía que se estaba acabando el mundo. Los vecinos de dos cuadras a la redonda salieron de sus casas espantados, algunos en paños menores, para indagar acerca del infernal ruido. Llegaron a pensar que era el preludio de un sismo.

El caso es que algunas amas de casa llamaron con urgencia a la Policía, y no hablaron a los bomberos, porque entonces no había.

Al llegar los agentes públicos todavía alcanzaron a ver parte del apocalíptico encuentro, observando además en una mecedora al “Chepe”, riendo a carcajadas, él, que sólo sonreía.

De la misma liga, pintoresco, charlista y de fino carácter, don Leopoldo “Polo” Pliego Ortega, llegó precisamente a ésta ciudad el 12 de Diciembre de 1924, como mecánico al servicio del Gral. Obregón. El viaje lo hizo desde Manzanillo a bordo del barco “Bolívar”, que traía en sus bodegas muebles, carros, maquinaria y toda clase de enseres e implementos para acondicionar la Hacienda Nainari.

El destino del navío era el Puerto de Yavaros, que estaba bajo torrencial aguacero la fecha del arribo. Las maniobras de atraco resultaron una odisea y otro tanto el traslado por tierra a través de arterias intransitables, casi tanto como los actuales caminos vecinales del Valle del Yaqui. El lío principal estaba en el cruce del Río Mayo, en bamoleantes panzones.

Trabajó un tiempo en el Náinari y luego se independizó, estableciendo su taller en Sinaloa y No Reelección. Con el círculo de sus colegas mas allegados era un bromista incorregible. Pero seguido le devolvían la peonada.

Por ejemplo, a sabiendas de que él nada mas contestaba el teléfono, la frase “¡Aquí Polo!”, los maloras colegas le reviraban: ¡Polo Norte o Polo Sur!, para de inmediato colgar. Obviamente le sacaban el tapón. Eran las bromas sanas del Cajeme de ayer

 
 

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