No es Trump. Es Estados Unidos
Lydia Polgreen
Lunes 30 de Marzo de 2026

Como muchos otros estadounidenses, en estos tiempos sombríos he oscilado entre dos polos emocionales. En algunos momentos, me digo a mí misma que Donald Trump es una figura singularmente malévola que se ha apoderado de hilos del poder que ningún presidente anterior se había atrevido a tomar. El relato no detiene la violencia estatal en las calles ni las operaciones militares ilegales en el extranjero. Sin embargo, tiene su consuelo. Una vez que Trump desaparezca de escena —como exigen las leyes de la naturaleza, si no las de la política— podrá suceder algún tipo de restauración del proyecto democrático y constitucional estadounidense.

En los días más oscuros, me encuentro recurriendo a una historia más profunda: que Trump es el cumplimiento de lo que Estados Unidos siempre ha sido, una nación autosatisfecha, a la que sus mitos sobre la providencia y el excepcionalismo le dan licencia para hacer lo que quiera. Después de todo, Trump no surgió de la nada. Sus dos victorias se forjaron gracias a las decisiones tomadas por los estadounidenses y por los líderes que eligieron. Si no hubiera existido, la historia habría inventado a alguien como él. Esta explicación ofrece su propio alivio. Al menos es algo que una mente racional puede comprender.

Esta oscilación puede sentirse como un latigazo cervical. La derrota de Trump en 2020, las intervenciones de los tribunales para bloquear algunas de sus maniobras más descaradas y la perspectiva de un triunfo demócrata en las elecciones de mitad de mandato sostienen la teoría de la aberración. Pero otros acontecimientos —el triunfo de Trump en las urnas en 2024, la sumisión casi total del Partido Republicano a su voluntad y la concesión por parte de la Corte Suprema de una enorme inmunidad a Trump por actos potencialmente delictivos cometidos como presidente— sugieren lo contrario.

La guerra en Irán ha hecho añicos este binario. Es, sin duda, el producto de la imprudencia única de Trump, que se zambulle sin miramientos en un conflicto que sus predecesores habían hecho bien en evitar. Sin embargo, también es el final lógico de décadas de historia estadounidense: la adicción del país a la hechicería tecnológica para librar guerras a distancia, la creencia cegada de que podía dar forma a los acontecimientos en lugares lejanos por la fuerza, el constante debilitamiento de los límites constitucionales a la presidencia.

¿Trump es un fenómeno de la historia o su cumplimiento, es una aberración o una culminación? La respuesta, seguramente, es ambas cosas. Pero en el transcurso de su presidencia, Trump ha revelado un mal mucho más antiguo: la fe inquebrantable de Estados Unidos en su capacidad para moldear el mundo a su gusto, indiferente a lo que otros puedan querer y supremamente seguro de que su plan es el correcto. Más allá de Trump, es a esta mentalidad desfiguradora a la que debemos enfrentarnos los estadounidenses.

Artículo completo en:

New York Times en español

 
 

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