No los soporto, no, con ese aire bobalicón que adoptan cuando les toman fotos a nuestros indios, cuando brincan enchilados con los tacos de nana y lanzan al suelo monedas para que riñan por ellas los chamacos vagos, desnutridos, harapientos y descalzos. Se me antoja agarrarlos a patadas cuando, con bien planchado disfraz de soldaditos, bajan de barcos fortaleza para arrancar pedazos a patrias ajenas.
Que no fueron ellos los asaltantes, me dicen, sino sus padres y sus abuelos pero yo heredé el odio hacia ellos de mis abuelos y de mis padres y defiendo el derecho de desquitarme heredado de aquéllos. Me caen mal los gringos. Punto.
Pero ésos no son los gringos que arribaron esta semana a Nueva York, a Boston, a Washington y a ciudades de los alrededores y se unieron en un grito uniforme y salvaje exigiéndole al loco que se largue a tiznar a su madre, si la tiene o la tuvo, con su política hitleriana, mussoliniana y staliniana, todo junto.
Llegaron a su destino en automóviles y camiones, en Metro, en motocicletas y a pie, lo mismo hombres y mujeres nacidos en Europa y en Latinoamérica, pero nacionalizados, y miles de ellos herederos de inmigrantes , o simplemente hombres y mujeres avergonzados de que esa bestia sea su presidente.
Esos millones de gringos, ¡millones!, me caen bien. Los exhorto a que continúen su lucha justiciera sin miedo al asesino de iraníes, palestinos y judíos, confiados en que no fallarán con el arma poderosa que llevan en el corazón: la democracia.
Maldigan en todos los idiomas del mundo al demente Trump. Un voto de gratitud eterna para quien logre acercarse a él y lo asesine.
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