No provengo de una familia especialmente religiosa. Sin embargo, el inicio de la Semana Santa implicaba para los hijos e hijas la obligación de confesarse y comulgar, así como la asistir a una de tantas ceremonias de domingo o entresemana. Comenzó a desarrollárseme la lógica a temprana edad, y por lo pronto me desconcertó que me llevaran a escuchar “el sermón de las siete palabras” y me encontré con que no eran siete, sino centenares, pues el cura no cesó de hablar en casi una hora.
Durante la confesión sufría porque no tenía pecados qué confesar. Que no le hice caso a mi mamá o si reñí con mi hermano, ¿eran pecados? Un chico mayor me aconsejó que le dijera al cura: “y perdóneme de los que no me acuerdo”. Hoy me parece que mi pecado era aburrir al cura, aunque debe haberse desaburrido con los adultos que le hablaban de pecados interesantes.
Las familias que tenían carro se iban a Huatabampito o a Guaymas. La mía nunca tuvo y pues no. Cuando en el periódico salían notas sobre accidentes a los paseantes, con golpeados o, inclusive, muertos, mi abuela sentenciaba: “Eso les pasa por irse al mar en lugar de ir a la iglesia”. Y otra vez la lógica me decía al oído: pero accidentes hay todo el año, aunque no sea la Semana Santa. Desde luego, los pequeños no estábamos autorizados, ni nos atrevíamos, a discutir con los mayores.
Pero había obligaciones que cumplíamos con enorme gusto, entre ellas, dar cuenta de la capirotada que cocinaba mi mamá en una gran cazuela de barro. Era deliciosa caliente o fría, desde la capa de huevo que la cubría por encima, hasta las tortillas de maíz que se colocaban al fondo y la masa aderezada con pasas, ciruelas, plátano, cacahuates y cien elementos más.
Ahí les encargo a mis contactos de Facebook que me avisen en el curso de la semana dónde venden capirotada para pedirla para el jueves o viernes. Pero si en casa de alguna de mis amigas hacen capirotada, no se vayan a molestar en traerme una porción, qué pena me daría darles lata, qué pena.
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