El sino del escorpión atestiguó con entusiasmo adolescente aquella rebelión juvenil de los años sesenta que fomentaba con vehemencia la consigna “haz el amor, no la guerra”. Un aserto acaso importado del movimiento hippie estadounidense, pero que ciertamente tuvo su repercusión en nuestro país, en particular en aquella generación muy cercana al rock y a la llamada “literatura de la onda”. Aquella rebelión y sus consignas resultaron efímeras debido a los trágicos sucesos de 1968 y 1971, cuando la represión militar del movimiento estudiantil-popular y el despliegue de la guerra sucia, irrumpieron autoritariamente para proclamar con violencia que el sueño había terminado.
Para los años ochenta la consigna emergente fue la opuesta: “Haz la guerra, no el amor”, nos recuerda José Joaquín Blanco en su libro Un chavo bien helado (ERA, 1990). Una provocación retórica, una invocación a la lógica de confrontación que permeaba ya la vida pública y privada en aquella década, marcada por la polarización, las crisis económicas y los drásticos cambios culturales. Blanco usa esa hipérbole para denunciar la agresividad capitalista como forma de protagonismo social. La frase no era un eslogan aislado, sino una llave interpretativa para revelar la normalización de la agresividad social, la imagen del “triunfador” a costa de lo que sea y de quien sea, y la política del agandalle del más fuerte en los ochenta mexicanos.
Escribe con ironía herida José Joaquín Blanco: “—No sex: we're British! —. En efecto: el amor (so dirty) tiene mucho de hippie, y los hippies eran bien mugrosos, piojosos, promiscuos...”. Y remata: “Mejor haga dinero, no el amor”. Y esta consigna parece aplicarse a nuestros tiempos en que las redes sociales capturan nuestra atención para convertir nuestras heridas en producto, en mercancía. Lo que antes se vendía con la consigna del sexo o el amor, hoy se comercializa con la consigna de la furia. El insulto y la indignación son el combustible que alimenta al algoritmo, a modelos matemáticos diseñados para maximizar el tiempo de pantalla y, por ende, los beneficios.
Escribe Irena Vallejo en su columna periodística de Milenio, “El insulto excita al algoritmo y los nuevos magnates hacen caja con nuestros conflictos... Nuestra rabia es su riqueza”. Y en efecto, el algoritmo se alimenta de nuestra ansiedad, nuestra angustia, nuestros insomnios y los reproduce para monetizarlos. Los algoritmos detectan lo que nos inquieta, lo amplifican y lo recombinan hasta convertirlo en un ciclo inagotable de provocación y respuesta. No se trata sólo de contenido polarizador; se trata de una arquitectura que premia la intensidad emocional, la repetición y la simplicidad narrativa. El miedo y el odio son atajos cognitivos: reducen la complejidad del mundo a enemigos claros, facilitan la adhesión grupal y multiplican la interacción. Cada like, cada comentario airado, cada reposteo es una señal que el sistema interpreta como éxito y que, a su vez, refuerza la exposición a más material similar.
La violencia simbólica que circula en estas plataformas no aparece por accidente. Hay incentivos económicos y políticos detrás: comentaristas iracundos y exaltados llamando a la violencia verbal y emocional (cuando no a la violencia física), cuentas automatizadas y robots que disparan la confrontación y el enfrentamiento, campañas diseñadas para dividir, polarizar, trazar la línea entre ellos y nosotros. Los algoritmos son un socio invisible pero implacable para hacer dinero fomentando el odio. Cuando la plataforma prioriza la emoción sobre la veracidad, la mentira se vuelve más rentable y erosiona la confianza social mientras normaliza la deshumanización del adversario.
Un titular que enfurece genera más clics que un reportaje que explica; un vídeo que humilla se comparte más que una conversación que escucha. El resultado: una espiral donde el odio se vuelve rentable y la empatía, costosa. Es urgente repensar el modelo de negocio que convierte la atención en mercancía, pero el venenoso francamente duda que eso suceda. Por el contrario, si la monetización depende de la polarización, la tentación de alimentar el conflicto será siempre mayor y económicamente más beneficiosa que promover la convivencia.
Pero la explotación de miedos no solo viene de afuera; nace también de nuestras propias heridas. El algoritmo detecta vulnerabilidades: inseguridad corporal, frustraciones laborales, resentimientos históricos, y la narrativa dominante nos empuja a buscar culpables en vez de causas compartidas. La rabia se transforma así en capital rentable para los inversionistas y arma devastadora para la convivencia. El odio tiene raíces profundas en heridas personales y colectivas, pero reconocerlo no exime a quienes lo explotan.
Añade Vallejo: “Los magnates de las redes sociales aman nuestras fobias: atizan rencores que nos mantienen absorbidos, crispados y cautivos. Moldean el resentimiento con mensajes que masajean nuestros victimismos y transforman el enfado en capital. Los inversionistas en el ramo de la furia recogen así sus beneficios”.
Nuestros mejores sueños y ambiciones humanistas quisieran que la tecnología sirviera a la democracia y no al revés, se repite el alacrán, y que el algoritmo dejara de monetizar nuestros miedos. Pero elegir la confianza sobre la cólera, la curiosidad sobre la condena, no deja dinero y ni siquiera está de moda. En estos tiempos la atención es la moneda de cambio de quienes lucran con nuestras peores versiones. Haz la guerra, gana dinero y odia mucho, es la consigna. A fe del venenoso que esto va a empeorar, antes de mejorar (si es que mejorar aún es posible).