Son elogiables, por supuesto, los esfuerzos que realiza el Congreso del Estado para proteger la dignidad de las mujeres mediante el instrumento que tiene en sus manos: la Ley. La protección se extiende hasta las faltas que se consideran leves, como los insoportables y repulsivos tocamientos del varón que aprovecha lascivamente la aglomeración y el movimiento en el transporte público.
Sin embargo, encuentro que la sanción prevista por la Ley, como es lógico, se actualiza cuando la falta ha sido cometida. Y aunque los abogados penalistas aseguran que la ejecución de las sanciones generan efectos disuasorios en otros posibles infractores de la norma legal y de la moral, pongo en tela de duda que dichos efectos atemoricen al grado de detener a otros perversos, o a los mismos en plan de reincidentes.
La relación de los géneros es por naturaleza compleja. Está bien que los gobiernos la regulen mediante la celosa acción que compete a sus diversos órganos de autoridad. Pero, al mismo tiempo, debe educarse a cada nueva generación de niños en el respeto y la admiración (he agregado Y LA ADMIRACIÓN) hacia las mujeres no sólo en la teoría que vuela, sino además en la práctica que deja huella. Hablo del respeto y la admiración a las mujeres que rodean al pequeño varón: su madre, sus hermanas, las vecinas, las maestras y sus condiscípulas.
Aporto estas reflexiones modestas a las más sabias que sin duda inspirará el Día Internacional de la Mujer.
Y APROVECHO PARA PASAR LISTA
A las mujeres que mantienen vivo mi corazón: Juana Ochoa, mi madre (finada); Martha Larrañaga, mi esposa (finada); mis hijas Martha Eugenia “Kika”, Adriana, Eva Lourdes y Claudia (finada); Elvira Márquez (finada), la profesora que me enseñó a leer y escribir.
Cariño siempre para mis amigas (por orden alfabético) Oralia Acosta García, Lupita Beatriz Aldaco Encinas, Gloria Barragán Rosas, Jessica Carvajal Siller, Clara Elena Díaz, Sara Elena Morales, Alma Noelia Neria Lara, Lupita Osuna Lizárraga, Carmen Inés Quezada Pino.
carlosomoncada@gmail.com