Therians: Una identidad editada
Marco Mendoza
Sábado 28 de Febrero de 2026

Luego la modernidad enseñó que podía construirse. Hoy, en la era digital, ya no se hereda ni se construye: se edita.

En TikTok, miles de videos muestran a jóvenes corriendo en cuatro patas, usando máscaras animales o ensayando movimientos inspirados en zorros, lobos o felinos. Para algunos observadores, estas imágenes representan una excentricidad incomprensible; para otros, una señal de crisis cultural. Sin embargo, los therians, personas que experimentan una identificación psicológica o simbólica con un animal, no constituyen un fenómeno nuevo. Lo verdaderamente novedoso es el entorno donde esa experiencia adquiere visibilidad: la sociedad de plataformas. Cuando una vivencia íntima entra en contacto con el algoritmo, deja de ser únicamente al ámbito personal y se convierte también en fenómeno comunicativo.

Las redes sociales no solo difunden ideas: las escenifican. Un video de quince segundos puede transmitir pertenencia, emoción y reconocimiento social con más eficacia que un ensayo académico de cientos de páginas. En TikTok, el apartado “Para Ti” funciona como un entrenador invisible que observa cada gesto de atención, aprende de él y devuelve versiones intensificadas de aquello que logra retenernos. Basta ver un video de “quadrobics”, jóvenes desplazándose en cuatro patas, para que los sistemas de recomendación transformen una rareza cultural en una normalidad algorítmica. Lo excepcional deja de parecer extraño no porque el mundo cambie, sino porque la curaduría automatizada redefine aquello que vemos con mayor frecuencia.

El término therian, derivado del griego therion (bestia), comenzó a consolidarse en comunidades digitales tempranas de los años noventa, particularmente en foros como alt.horror.werewolves, donde usuarios describían experiencias internas de identificación animal entendidas en términos psicológicos o espirituales más que físicos. Estudios etnográficos posteriores documentaron cómo estos espacios permitieron construir lenguaje compartido, comunidad y validación colectiva (Robertson, 2012). Internet no creó la experiencia: creó el espejo y la red donde quienes la compartían pudieron reconocerse mutuamente. Investigaciones fenomenológicas posteriores también han explorado la construcción identitaria dentro de estas comunidades digitales (Grivell, Clegg & Roxburgh, 2014).

Desde la psicología cultural, Jerome Bruner (1990) sostuvo que los seres humanos no solo viven experiencias: las convierten en historias para entender quiénes son. La identidad, en este sentido, no es un objeto fijo, sino un relato en permanente construcción. Lo que cambia en la era de las plataformas digitales es el escenario donde esas narrativas ocurren. Investigaciones recientes subrayan que este tipo de experiencias identitarias debe distinguirse de fenómenos clínicos como la licantropía delirante: las identificaciones animales no clínicas operan principalmente como procesos simbólicos y expresivos, no como creencias psicóticas de transformación biológica (Blom & Sharpless, 2025).

Para la antropología, nada de esto resulta completamente extraño. El antropólogo francés Claude Lévi-Strauss (1963) observó que los animales siempre han sido “buenos para pensar”: no porque las sociedades crean literalmente convertirse en ellos, sino porque funcionan como herramientas simbólicas para ordenar el mundo social. A través de figuras animales, las culturas clasifican diferencias, expresan pertenencias y hacen comprensible lo abstracto. El animal se vuelve así un lenguaje colectivo capaz de volver visible lo invisible. La verdadera novedad, entonces, no es la identificación simbólica en sí misma, sino la infraestructura digital que conecta instantáneamente a individuos dispersos y convierte experiencias personales en microculturas reconocibles a escala global.

Esta transformación encaja con la sociedad red descrita por el sociólogo español Manuel Castells (1996), donde el poder deja de concentrarse exclusivamente en instituciones formales y pasa a depender de la capacidad de organizar flujos de información. En su desarrollo posterior sobre el poder comunicativo, Castells (2009) explica que las narrativas que logran circular son las que moldean la realidad social. Videos, memes, noticias y emociones públicas viajan dentro de arquitecturas digitales que amplifican ciertas identidades mientras silencian otras. En ese entorno, el algoritmo funciona como un amplificador identitario: reduce la sensación de aislamiento individual y acelera la formación de comunidades simbólicas que antes habrían permanecido invisibles.

Décadas antes de las redes sociales, el sociólogo canadiense Erving Goffman (1959) describió la vida cotidiana como una representación teatral donde las personas interpretan roles frente a distintos públicos. Las plataformas digitales llevan esa metáfora un paso más allá: convierten la actuación social en una vitrina digital permanente. La identidad ya no solo se vive; se escenifica, se edita y queda registrada. Máscaras, movimientos corporales, filtros y estéticas animales operan como nuevas formas de comunicación no verbal digitalizada. Sin embargo, la lógica algorítmica introduce una tensión inevitable: la visibilidad premia la performatividad. Miembros veteranos de comunidades therian han señalado la aparición de imitaciones superficiales impulsadas por la búsqueda de reconocimiento en línea, mostrando cómo la autenticidad puede diluirse cuando la identidad comienza a funcionar también como contenido.

El contexto generacional ayuda a entender por qué estas expresiones encuentran terreno fértil. Algunos estudios posteriores a la pandemia del Covid19 documentan un aumento significativo en sentimientos de aislamiento juvenil y en la búsqueda de pertenencia social y simbólica (WHO, 2022; Twenge, 2023). Desde esta perspectiva, adoptar una identidad animal puede leerse menos como una forma de evasión y más como un intento de coherencia narrativa en un entorno social percibido como fragmentado, en sintonía con diagnósticos recientes sobre ansiedad, socialización digital y construcción identitaria en las nuevas generaciones (Haidt, 2024).

El riesgo emerge cuando la diferencia entra por completo en la lógica del espectáculo. Guy Debord (1967/1994) advirtió que, en la sociedad del espectáculo, incluso la crítica y la singularidad terminan convertidas en imágenes consumibles. El algoritmo no distingue entre autenticidad y actuación: recompensa aquello que genera interacción o “engagement”. Así, los therians pueden existir simultáneamente como comunidad identitaria legítima y como tendencia viral pasajera. Las plataformas amplían las posibilidades de expresión del yo, pero también integran esas expresiones en economías de atención donde toda identidad, por singular que sea, circula como contenido potencial.

Mientras sectores de la sociedad gritan histéricos al ver adolescentes con orejas de gato, profetizando el colapso de la civilización que conocemos, y ciertos sectores conservadores difunden desinformación con un “adoctrinamiento therian” en los libros de texto gratuitos, la realidad sigue su curso. Resulta irónico que nos inquiete unos adolescentes jugando a ser zorros mientras dinámicas mucho más profundas de poder, explotación, abuso sexual y manipulación simbólica operan cotidianamente sin que nadie los cancele. Tal vez el problema nunca fue la otra piel que algunos jóvenes dicen habitar, sino nuestra dificultad colectiva para reconocer qué dice de nosotros el entorno digital que hemos creado y normalizado.

*Marco Mendoza es maestrante en Comunicación Estratégica de la Universidad de Sonora. 

 
 

Copyright © 2006-2026. Todos los Derechos Reservados
InfoCajeme
www.infocajeme.com