El médico de papel de Tlalpan: Interpretación del silencio
Raúl Héctor Campa García
Miércoles 24 de Diciembre de 2025

El encuentro con aquel ser de papel fue casual. Él, estaba sentado frente a una mesa pequeña, en una fonda, de esas, como dice la canción: “… en una fonda chiquita que parecía restaurante (en donde), me fui ha echar unos tacos porque ya me andaba de hambre…(sic)”.

En una de las varias ocasiones, que acudía con mi esposa, a la plaza que se encuentra frente al palacio municipal del Centro de Tlalpan, en domingo para ver bailar danzón a los modernos pachucos vestidos a la usanza de épocas pasadas: los varones con un saco largo, pantalones holgados (bombachos), con una larga cadena asida al cinto, que cae a la bolsa derecha del pantalón, zapatos de charol negros con blanco y con un clásico sombrerito tipo caribeño, adornado con una pluma de ave. Las damas vestidas, algunas, de acuerdo con aquella época, se acoplan al cadencioso danzoneo, guiadas por su pareja.

Fuimos varios domingos a ver bailar danzón, con ese tan singular y elegante estilo, y no tan arrabalero como siento que es el tango argentino, que también me gusta observar lo cadencioso y la sensualidad del tango. Diferente a la sutileza del baile del danzón.

En otra ocasión acudí solo, al Centro de Tlalpan, en una cálida mañana, pero no para ver a las parejas de bailadores de danzones, sino a buscar algunos juguetes antiguos hechos con madera como: un carrito, un trompo o un yoyo; para regalo de mis nietos. Los busqué en un tianguis que estaba instalado en una calle que converge a la plaza del Centro de Tlalpan. No encontré lo que buscaba, pero me dieron la dirección de una ferretería, localizada en otra cercana calle, ahí probablemente encontraría esos juguetes de madera, con los que tuve oportunidad de jugar en mi infancia… ¡Uuuf! Hace más de seis décadas.

Me dirigí al lugar, efectivamente encontré trompos, yoyos y carritos, pero solo compré de los dos primeros.

Para entonces, empezaba a ponerse caluroso el día y sentía un poco de sed y hambre, de tanto caminar e ir observando algunas construcciones del tiempo de la colonia, como el mismo palacio municipal, los negocios que están instalados en el área de los portales y una iglesia construida, en el siglo XVII en tiempos de la colonia española: el Templo y exconvento de San Agustín de las Cuevas (hoy Parroquia de San Agustín, es un monumento histórico).

Una vez realizada la compra, me dirigí hacia una callecita que conecta con la plaza del centro de Tlalpan y que desemboca en la Avenida San Fernando de la Delegación Tlalpan, en donde tomaría un minibús, que cubre la ruta que pasa a una cuadra del fraccionamiento donde vivimos dos años en la Ciudad de México.

Pero me aumentó la sed y me encontré con esa fondita, al inicio de aquella estrecha callejuela de un solo sentido; entré al local y lo primero que vi fue a un ser de papel, solitariamente sentado.

Lo saludé con un, ¡hola!, ¿me permite que lo acompañe en su mesa?

Asintió levantando su gorra negra con la mano derecha y dando su anuencia al extender su brazo izquierdo con un movimiento de cortesía que me invitaba a sentarme.

Al levantar su gorra que parcialmente cubría su canosa cabellera, me percaté que tal vez era casi coetáneo mío. De complexión delgada, estatura alta, vestía una bata blanca arrugada como su demás ropaje; tan arrugada como la piel de su cara. Colgaba de su cuello un cubrebocas blanco. Probablemente era un colega médico.

Ante tal evidencia – quizás equivocada, pero a mi no me dejaba duda- le expresé:

Por lo que veo ¿usted es médico?

De nuevo levantó su gorra, en señal de afirmación de mi pregunta.

Yo también soy médico- exclamé con alegría, por el gusto de encontrar y compartir la mesa con un colega.

Llamé al único mesero que atendía y quizás dueño de la fondita. Le pedí dos cervezas. él médico de papel no me la aceptó ¿Tal vez, era abstemio?

Su mirada fija en mí, interrogativa, lo delata. Quería saber, ¿quién era yo?

Le digo – me imagino que usted y yo somos médicos jubilados de una institución de salud del país, que utilizamos la mayoría del tiempo que nos queda, en ocuparnos en otras actividades no médicas o en parte.

A pesar de que -lo presiento- usted se siente solo, aprovecha el tiempo para meditar lo que bien o mal hizo en su vida. Pero su actitud demuestra que se siente satisfecho por lo que es y lo que hizo en su vida.

Querrá saber, lo intuyo en usted, en su tranquila mirada ¿Quién soy y que hago en esta maravillosa y contrastante ciudad de México?

Bueno, como le dije hace un momento, al igual que usted, soy médico, estoy en esta ciudad por motivos de salud de mi querida esposa, que a Dios gracias, está muy bien bajo control médico, en un gran Instituto de Salud que tenemos en México, de gran prestigio internacional, desde antes “que nuestro país se convirtiera en Dinamarca”, lo digo con una sarcástica sonrisa.

A parte del cuidado de la salud de mi esposa y de la mía, ahora que, a pesar de tener menos tiempo de vivir, me he ocupado entre otras cosas, en aprovechar este tiempo, en hacer actividades positivas, como: convivir más con la familia, con mis amigos y dos cosas más que siempre quise y he querido: una, aprender a tocar piano, pero como dice el refrán: “chango viejo no aprende maroma nueva”, no se me ha dado, solo ha quedado en intentos. La otra pasión ha sido escribir. Bien o mal, pero he escrito y sigo haciéndolo, pero también me ocupo en otras cosas positivas, como tratar de leer buenos libros de obras literarias, participar un poco menos en política y asistir frecuentemente a un café de mentidero sociopolítico-literario o atender una consulta médica de vez en cuando (como hobby), a algún pacientito.

Me escudriñó con su mirada cuando le expresé mi fallida intención de aprender a tocar piano, adivinando en su alegre ¿silencio y su intención de preguntarme: Si hubiese usted, aprendido música, ¿qué le hubiera gustado escribir?

Desde la primera vez que escuché la ópera de Nabucco (va pensiero) de Giuseppe Verdi, me encantó el patriotismo y el espíritu de luchar por la libertad, no solo del pueblo hebreo y posteriormente el de los italianos. Si yo pudiera reescribir la letra de la música de Nabucco, adaptada a nuestro país, lucharía porque se sustituyera por el Himno Nacional Mexicano.

El médico de papel, cuando terminé de decirle aquello, nuevamente me dirigió una mirada interrogante, como si fuera un apóstata de mi nacionalidad mexicana y tratara de decirme lo siguiente:

Usted está como un presidente de México, que ha querido cambiar la historia de nuestro país. Que, por cierto, “escribió la otra historia (su historia) de nuestro pasado prehispánico”.

Tomé un leve receso de la charla para comerme dos tacos de maciza y uno de “búchi”, creo que, el ser de papel ya había comido.

Siempre que salgo a algún lado llevo uno de los libros que escrito por si acaso a alguien se le ocurre hojearlo. En esa vez llevaba el segundo (de tres), de mi autoría: De la muerte a la vida.

Mientras “me echaba los tres tacos”, el médico de papel levantó el libro de la mesa y con su mirada inquisidora leyó el prólogo, para darse una idea del contenido.

Volteó a verme con la misma mirada de interrogación, para preguntarme, ¿usted es el autor?

Así es – le dije-, es el segundo libro de tres que he escrito, es la historia narrada en forma retrospectiva de un médico que muere y cuenta su vida, iniciando de la sepultura, hasta el momento de nacer. Es una historia que puede ser la suya o de cualquier médico de Latinoamérica y tal vez la mía.

Luego hojeó el libro, y me hizo una seña como pregunta del costo de este y cuántos había vendido.

Este libro a usted se lo obsequio, se vendió poco, casi para sacar el costo de su pequeña edición.

Entonces de nuevo descifré sus señales, de su mudo lenguaje, que me decía en forma de pregunta:

¿Por qué no le pidió ayuda a un senador de la República para que lo obsequiara a sus miles de seguidores ahora que se acerca la Navidad?

Buena pregunta --le dije- lo tomaré en cuenta para mi tercer libro que desde el año pasado está en venta y poco lo han adquirido. Con esta última recomendación, me despedí de aquel personaje del Centro de Tlalpan, que por sus años vividos y por su piel acartonada, como pegada con engrudo, se quedó mudo.

Ahí se quedó sentado, tal vez esperando a otro ser humano para escuchar su soliloquio de su dichosa autorreflexión o sus infortunadas cuitas. Lo mío fue lo primero.

Quizás ya nunca más veré a ese médico de papel “que sabe escuchar”. Ojalá y pase una Feliz Navidad y prósperos años.

 

Dr. Raúl Héctor Campa García.

Relato escrito en Culiacán, Sin, 23 de diciembre de 2025.

(Formará parte del libro: Cuentos, relatos, cartas y otros escritos).

 
 

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