Ahora que nuestro periódico ha recordado, con oportunidad, el septuagésimo segundo aniversario (72 años, pues) del asesinato de Maximiliano “el machi” López, yo sonreí. No me tomen esto como una falta de respeto. Dejen que les cuente.
El 1º de noviembre de aquel año (1953) comencé a trabajar en el Diario del Yaqui como corrector de pruebas. Esto implicaba revisar la ortografía, la sintaxis y la puntuación de todo lo que se publicaría al día siguiente. Laboraba en eso dos o tres horas, digamos de la una a las cuatro de la tarde, salía a mi casa o a ver una película, y volvía al periódico hasta que, a media noche, corregía las pruebas de cada plana. El Diario había crecido por entonces a 8 páginas.
Me habían instruido para que antes de cerrar la primera plana telefoneara a la jefatura de Policía, a la Cruz Roja y al cuartel de Bomberos para verificar si había habido accidentes o hechos de sangre de último momento, en cuyo caso debería redactar la nota correspondiente para que apareciera en la edición “de mañana”.
La noche del día 26 estaba por hacer las tres llamadas cuando aparecen de repente, ante mi escritorio, el director Jesús Corral Ruiz y el gerente Alfonso Castañeda Sandoval y me preguntan cómo van las cosas; respondo que las ocho páginas están listas para imprimir. A simple vista se advertía que se habían echado unas copas. Me invitaron a que los acompañara, antes de irnos a dormir, a una fonda de la calle Galeana (cerca de mi casa, ¡qué suerte!, yo no llegaba a carro todavía), famosa por sus menudos para borrachos y crudos.
Les advertí que me faltaba “checar” las tres fuentes citadas, pero era evidente que el menudo les urgía, porque uno de ellos me jaló hacia la puerta diciendo: “La ciudad está tranquila y con la niebla cerrada que la envuelve somos los únicos que andamos en la calle. Y sería una perra suerte que la única noche que no las checamos, ocurra una desgracia”.
Nos fuimos, pues, a saborear el menudo recién hecho, mientras uno o más pistoleros asesinaban al Machi López a la puerta de su casa. Me enteré de la noticia en la mañana, desde mi cama, por los gritos de los voceadores de una edición extra lanzada por el vespertino El Heraldo del Yaqui. Perdimos la noticia más importante del año, tal vez de la década, pero por culpa de mis dos jefes. Si se me hubiera ido a mí, me habrían cesado de modo fulminante. Pero me salvé.
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