La mesa está puesta para que en los años que siguen vuelva a suspenderse el desfile con el que durante más de cien años se ha conmemorado el aniversario del triunfo de la Revolución Mexicana. Es más fácil hacerse pato y disfrutar de un día sin hacer nada, que sudar la gota gorda organizando un desfile. De modo que si en los cuatro o cinco años que siguen a los que mandan se les antoja mantener suspendido el desfile, quienes hoy son niños, cuando sean adolescentes habrán olvidado qué se festejaba el 20 de noviembre.
Los que alcanzaron buenas posiciones militares durante la lucha contra el dictador Porfirio Díaz y se hicieron políticos, usaron el nombre de la Revolución para ganar puestos que los enriquecieron. Se hicieron viejos, se murieron, pero los nuevos políticos siguieron presumiendo de revolucionarios pese a su corta edad.
El presidente José López Portillo llegó a afirmar que él era el último revolucionario aunque se ignora dónde y en qué condiciones disparó un fusil; debe haber sido en el puesto de algún circo en donde rentaban rifles de municiones para tumbar soldaditos de juguete. Los partidos políticos se apoderaron del adjetivo y durante decenios lo exprimieron: Partido de la Revolución Mexicana, Partido Nacional Revolucionario, Partido Revolucionario Institucional, Partido de los Trabajadores. En fin, los profesores de primaria se aburrieron de hablar de la Revolución porque año tras año repetían lo mismo.
El partido que ahora las gana de todas, todas, ni se acuerda ya del adjetivo. Es posible que la supresión del desfile sea el primer paso para luego eliminar las páginas de los textos que requieren modernizarse. Al mismo tiempo, bajarían de sus elevados sitios a Francisco I. Madero, Emiliano Zapata, Álvaro Obregón, Abelardo L. Rodríguez y otros, que serán sustituidos por héroes más jóvenes. Y con lana.
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