La voz
Armando Terán Ross
Domingo 20 de Julio de 2025

(1954)

---¡La voz del radio es la del locutor, muchacho!, ¡El hombre que está en la radifusora!--- refunfuñaba la tía mayor tratando de acallar de una vez por todas el interminable rosario de preguntas de mis siete años. 

La respuesta de la tía me dejó atónito. ¿Cómo era posible que de un  cajoncillo de madera color marrón surgiera la voz de una persona que se encontraba tan lejos de nuestra casa? Y mientras la tía echaba el bofe trapeando el verde oliva del piso de cemento, mi cabeza nadaba en un  mar de preguntas sin encontrar respuesta.

En vacaciones escolares, mientras la tía andaba en su diario quehacer, llegaban hasta nuestra casa "El muro del odio", "Águilas frente al sol", "Genoveva de Brabante" y otras radionovelas de la época. Yo no perdía capítulo para conocer los desenlaces que siempre quedaban en suspenso para el día siguiente. 

Una vez llegada la hora de la radionovela, la sala de la casa se convertía en un teatro imaginario y toda la acción ocurría allí frente a los ojos de mi desmedida fantasía durante aquella hora que cada mañana irrumpía en  la vida doméstica de la tía y de mi madre. Todo gracias al  Emerson, un viejo receptor de radio legado de una  tardía vocación de mi padre por la electrónica.

Mientras la tía se iba a trapear la recámara, yo aprovechaba para examinar muy de cerca aquel aparato de facha rectangular enchapada con una delgada capa de baquelita plagada de diminutas perforaciones tras la cual se ubicaba la bocina. Sobre esta apariencia, justo bajo la carátula  donde desliza la aguja de sintonía, podía admirarse el logotipo. En cada extremo había  un par de perillas de madera  que parecían las ruedas de un automóvil de juguete como los que amanecen en Navidad a mis hermanos menores.  

A pesar de que yo había realizado durante largo tiempo esta clase de observaciones sobre el fantástico aparato, mi  insaciable curiosidad infantil no encontraba la más remota pista para descifrar  aquel misterio: ¿Cómo llegaba la voz del locutor hasta aquel cajoncillo de madera? 

Para intentar desentrañar este asunto que me quitaba el sueño, yo daba la vuelta al buró donde reposaba el radio para examinarlo por la parte posterior  cubierta sólo por una tapa de cartón comprimido atornillada al chasis. Esta cubierta dejaba ver a través de sus  estrechas rendijas unos tubos de cristal semejantes a los focos que por la noche iluminaban nuestra casa,  pero a diferencia de estas lámparas eléctricas para la iluminación de la casa, los tubos de cristal que yo acostumbraba fisgonear por la parte posterior del radio no producían iluminación alguna como no fuera  un pequeño rescoldo a punto de extinguirse. 

Del interior del aparato emanaba un olor a cautín al rojo vivo como el que usaba mi padre cuando le daba por reparar algún aparato eléctrico de los vecinos del barrio. Por lo demás, sólo era posible concluir que aquellos cilindros de cristal sobre el metal del chasis tenían algo que ver con la voz del locutor que brotaba de la bocina de aquel pionero radioreceptor. Para aumentar el misterio, al lado de estas bombillas tan extrañas yo lograba atisbar a la vez  otros objetos metálicos de los que intuía tenían también algo que ver en el asunto.

Observar las entrañas del radio sólo lograba aumentar mi deseo de desentrañar sus secretos, y a la vez me volvía más escéptico ante las teoría de alguno de mis primos que  pensaba en el cable del receptor conectado al contacto en la  pared como el hilo conductor por el cual penetraba en nuestra casa la lejana voz del locutor. 

No fue sino hasta  abandonada la niñez por una adolescencia lúdica y ociosa, cuando en el fondo del  viejo librero de cedro encontré una voluminosa carpeta  color vino con  lecciones de electrónica de Hemphill School. Alguna vez, siendo yo un niño de pantalones cortos, mi padre había cursado por correo lecciones de electrónica. Aquel volumen era una huella de sus sueños truncados. 

A  medida que yo leía con entusiasmo aquellos folletos de portada azul cielo sujetos con grandes anillos metálicos dentro de aquella carpeta olvidada en el fondo de un librero junto a decenas de folletirnes propaganda de los Aliados en la  Segunda Guerra Mundial--- fui descifrando el misterioso proceso que hacía posible escuchar  la voz del locutor que brotaba de aquel entrañable aparato de radio instalado en la sala de la casa.

 
 

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