El movimiento que en la biblioteca Fortino León Almada advirtieron los empleados se debe, comentó uno de ellos, a que instalarán una oficina adicional. Pero no les pareció que los cambios implican que se llevarán la Biblioteca Carrillo Marcor, que lleva ahí unos 30 años, a otro lugar. Lamento decirles que esta biblioteca no es una biblioteca, sino un bonche de libros.
Cuando falleció el exgobernador Carrillo, en los años 90, su hijo Alejandro cumplió la voluntad de su padre de entregar a Sonora sus libros. Supongo que el joven Alejandro se quedó con los mejores (e hizo bien) porque lo único valioso que yo vi en el acervo fue una colección del periódico “El popular”, de notoria línea izquierdista, que don Alejandro dirigió (la busqué tiempo después pero se la habían clavado). Venían también varias cajas con docenas de ejemplares del informe anual de un gobernador campechano. Presumo que se los envió al licenciado Carrillo para que los hiciera circular en el mundillo político, pero el exgobernador se quedó con aquellos documentos aburridos que alguien hizo desaparecer.
Bueno, lo que queda de aquella “biblioteca” son libros maltratados y polvorientos, ninguno con valor histórico especial, que podrían ser focos de infección para gargantas delicadas y ancianas. Y lo peor es que se considera la posibilidad de mandarlos a la biblioteca de la Casa de la Cultura, esa sí BIBLIOTECA, punto de reunión de investigadores, estudiantes y literatos. Hacerlo sería un atentado a la salud y también contra la dependencia que con justicia es conocida como “Biblioteca modelo”.
En mi opinión, el problema se arreglaría si se repararan los daños que sufrió el edificio del Instituto Sonorense de Cultura, daños que hizo obligado desalojarlo pues el personal estaba expuesto a heridas y molestias por derrumbes parciales; se les llevó a la Casa de la Cultura, donde no queda espacio más que en los sótanos, para ponerlos a salvo.
En una columna anterior sugerí al señor gobernador que luego de haber rehabilitado el mercado municipal, siguiera con el edificio del ISC. Le ruego de nuevo que les eche una mano a los directivos y empleados del Instituto, y le ofrezco disculpas por ser, lo reconozco, un periodista necio. Gracias a Dios.
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