Este año la Organización de las Naciones Unidas cumple ochenta años. Al término de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), las potencias triunfadoras fundaron la Sociedad de las Naciones cuyo propósito fue el de terminar con las guerras. Si no me equivoco, la reunión se celebró en San Francisco. El organismo fracasó, 21 años después estalló la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), y con el mismo propósito citado, y algunos otros, se creó la ONU.
México participó en aquella guerra con pérdidas notables. Submarinos alemanes hundieron tres barcos que transportaban petróleo y un número de vidas que no es posible cuantificar: unos pocos en China porque eran pilotos del escuadrón que enviamos para atacar a los japoneses, y en Europa, tal vez miles de jóvenes mexicanos que trabajaban en los Estados Unidos y se dieron de alta en el ejército norteamericano. Hubo también muchos que no vivían allá y traspusieron la frontera con la ya tomada decisión de convertirse en soldados gringos. Es curioso, o más bien, triste, que tantas veces haya dado México sangre por los gringos, y que ahora nos consideren “adversarios”, según el discurso de la fiscal general ante el Senado.
Lo malo de la ONU –volviendo al tema central- es que su Asamblea General, integrada con embajadores de todos los países del mundo, no es el órgano máximo de autoridad sino el Consejo de Seguridad, que se reservaron las potencias que ganaron la guerra: Estados Unidos, la Unión Soviética, Rusia, China, Francia y la Gran Bretaña. Cualquiera que sea el conflicto armado que se genere en el mundo y cualesquiera las razones o sin razones de por medio, si la Asamblea General decide intervenir y un miembro del Consejo de Seguridad interpone su Veto, .el acuerdo de intervenir se arroja a la basura.
En este aniversario es posible reconocerle a la ONU logros valiosos en el rubro de la cultura y de la salud por las acciones desarrolladas por la UNESCO y la OMS, sus brazos especializados. Pero en materia de seguridad, en años no pudo arreglar los conflictos que desembocaron en la separación en dos de Vietnam y de Corea, y mucho menos el de Israel y las naciones árabes.
Teóricamente la ONU, con sede en Nueva York, se sostiene con aportaciones de sus países miembros, pero muchos de ellos tardan en pagar o no pagan. Es criterio generalizado que urge reformarlo, pero nadie sugiere cómo. Mala o buena, es la única instancia que nos queda a las naciones medias y pequeñas para ir a quejarnos con la esperanza de que nos escuchen. Y lo más seguro es que los miembros del Consejo de Seguridad exclamarían a una voz: ¡Veto!
carlosomoncada@gmail.com