Los bailes en el Club Olímpico
Andrés González Prieto
Domingo 6 de Noviembre de 2022

Podríamos envolvernos en la nostalgia para que corran nuestros suspiros, y recordar lo que dijo el aprendiz de poeta cuando expresó: “Porque mi ciudad ya no es la misma, borraron los atajos, sus misterios y con falsos plafones cubrieron su belleza” 

Los cajemenses tienes varios vacíos en el alma, las escuelas Dworak, Calleja, Campoy, Justo Sierra, Cajeme y el Cine Cajeme. Entre los sitios de sentidas ausencias está el Club olímpico y las miles de historias ahí escritas.

Si, ese nicho de reunión social donde muchos iniciamos nuestra vida adolescente: nuestra primera cheve o el primer cigarro, nuestra primera “calentada”, nuestro primer pleito o el primer “nos vemos a la salida” cuando el tiro en directo y personal no permitía “manopla, cinturón o botín con estoperoles”, un “ai'stuvo” era el retiro del perdedor, en el honor de aquellos tiempos.

Una cerveza para animarse a sacar a bailar a la desconocida Julieta de coqueta mirada.

-¡Órale, anímate, quiere contigo! -los compañeros de trasnochada.

-¡No, me va a decir que no!

-Cómo te va a decir que no, si está que brinca, no seas coyón, ¿o no te gustan las mujeres?

Empujado por la dudosa ofensa, se anima y un poco indeciso se acerca a la mesa, con una sonrisa en busca de simpatía.

-¿Bailamos?

La julieta dijo "¡Vamos!" Extiende su mano, que  él agarra suavemente para enfilar a la pista, cuando siente el desapego manual y las frases que aun a 50 años de distancia resuena en su malherido orgullo “Hay no, ¡estás muy chaparro!” y se sentó, acompañada de las carcajadas de la sección femenil.

No le quedó otra, enfiló hacia la “Chorcha” con las risas burlonas clavadas en su espalda, y el recibimiento burlón de sus pares,  ¡Trágame tierra! desde entonces siempre fue al baile con sus botines Canadá tipo Beatle, tres centímetros más.

Serapio era el guapo de la pandilla, nunca le decían que no, y él nunca decía su nombre. Llegaba a la mesa y decía con seguridad: "¿Bailamos?" Y las tres muchachas decían ¡Sí! al unísono! Escogía, y muy conquistador, dueño del momento, comenzaba la rutina de conquista. 

-¿Cómo te llamas muñeca? 

-Ay no, mi nombre está muy feo… 

-Pero tu estás muy bonita, anda dime tu nombre… 

Y así, tras mucha insistencia del galán, dijo: 

-Me da vergüenza, pero me llamó ¡Petronila! Y tú muñeco ¿cómo te llamas?  

-No, mi nombre si que está muy feo, mis padres eran de rancho… 

-¡Anda dime tu nombre!... 

-No, te digo que está muy feo… 

Y dice la muchacha ¡hay ¡Ni que te llamarás Serapio!...

Entre amigas:

-¿No bailaste, chuulis?

-No, no quise.

-¿No será que nadie te sacó?

-¡Pues fíjate que no quise, de lejos con la mirada me invitaban y con la mirada les decía que no!

¡Mmmjjj!

-¿Bailamos?

-¡Claro!

La muchacha se pegaba cariñosa muy rapido, y de repente exclamó: ¡Ay Dios!

-¿Qué pasa?

-¡Mi novio!

-¿No dijiste que no tenías? Te mostrabas muy cariñosa…

-Es que le quería darle picones a mi novio.

-¿Picones? ¿y dónde está?

-Afuera, asómandose por las ventanas.

Volteó el galán al ventanal y vio un mastodonte que brincaba como orangután tras las benditas rejas de mi recordado Club Olímpico.

Siempre he pensado que dejar en la mitad de la pista parada a una dama, es de mala educación.

¡Y la dejó! 

-Dicen que lo vieron salir por el bendito callejon rumbo a El Taquito !casi corriendo!

 
 

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