El bullying de los patos contra las escopetas
Jorge Zepeda Patterson
Jueves 16 de Novimiebre de 2017

¿Qué horas son?, pregunta el soberano; las que usted diga, señor, responde el cortesano. La frase es una caricatura, pero ilustra un problema de fondo: los presidentes se hacen una idea del país que dirigen gracias a la información que reciben de un pequeño círculo de colaboradores y cortesanos, a partir de lo que este círculo cree que desea escuchar el mandatario.

Un círculo vicioso que termina por crear una visión de la realidad que solo existe en la mente de quien ocupa Los Pinos, la Casa Rosada o la Casa Blanca. No es que ignoren los reportes sobre pobreza, desigualdad o crecimiento del déficit. Es que la mayoría de las veces se trata de reportes estadísticamente maquillados para dar cuenta del impacto favorable de las medidas tomadas por la Administración.

Y cuando por alguna razón resultan documentos críticos o descarnados, los círculos cortesanos inmediatamente los descalifican atribuyendo sus orígenes a propósitos oscuros e insidiosos o, de plano, de ser total o parcialmente desinformados.

De otra manera, no se explica el lamento de Enrique Peña Nieto cuando escuchó una crítica al desempeño del Gobierno en materia de seguridad pública. Sin importar que este año sea el más violento en la historia moderna de México, con más de 18.000 asesinatos, la reacción del presidente es honesta y espontánea, desde su perspectiva. En el país que existe en su cabeza el cuestionamiento es injusto e ingrato para con los esfuerzos que su Gobierno ha desplegado.

Seguramente, está pensando en un indicador de inseguridad (secuestros, quizás) en el que ha habido avance, según sus propios reportes o las muchas reuniones del Gabinete dedicadas al tema.

Los presidentes no se ponen a ver noticieros ni a leer periódicos. E incluso si lo hicieran, lo que verían es en buena medida resultado de las ingentes campañas de publicidad oficial. En el mejor de los casos revisan alguna síntesis de prensa preparada por sus asistentes. Y sus interlocutores, cuando no son empleados suyos, suelen ser empresarios, profesionales y miembros de la élite que buscan halagar al mandatario con el propósito de hacer avanzar su propia agenda.

El divorcio entre el soberano y otros protagonistas de la vida pública (organismos sociales, academia, periodismo independiente, iniciativa privada, entre otros) se acentúa a lo largo de la administración de manera inexorable. Vicente Fox (2000-2006) terminó confundido por la incomprensión del público. Felipe Calderón (2006-2012) acabó furioso.

Enrique Peña Nieto (2012-2018) se siente infravalorado. Una y otra vez se queja de que la gente no habla de las cosas buenas de su Gobierno, solo de las malas. Seguramente, porque en los salones de consejos de Los Pinos o en los medios de comunicación beneficiados por las pautas de publicidad oficial se habla sobre todo de las cosas buenas y muy poco de las malas. El presidente termina confundiendo la realidad con el aplauso que recibe del entorno que lo envuelve.

Las redes sociales rompieron este cerco y permitieron al público externar su opinión sobre el estado de la nación en general y su parecer sobre el presidente en particular. En los primeros meses de Gobierno, Los Pinos reaccionaron despidiendo funcionarios crucificados en y por la blogosfera.

Pero la corte del rey neutralizó rápidamente esta fuga inesperada. Las redes sociales son viscerales, privilegian los mensajes de odio, son frívolas y efímeras, se dijo. No deben ignorarse, pero tampoco tomarse a pecho. Y acto seguido inundaron el espacio digital de motores y repetidores para cantar loas al rey.

Las escopetas que denuncian ser víctimas del bullying de los patos; parecería un chiste de mal gusto, pero no lo es. En el mundo de las escopetas el pato termina siendo el villano.

 
 

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