Aguilar Camín o los sueños perdidos de un mexicano
Cecilia Ballesteros / El País
Lunes 27 de Marzo de 2017

"México será un gran país algún día, pero no por los méritos de mi generación. Hemos corrompido la democracia, hemos sido inferiores a lo que soñamos. Me consuelo pensando que este país es más grande que sus males". Con estas emotivas palabras, agradeció en la noche de este lunes el escritor e historiador Héctor Aguilar Camín (Chetumal, 1946) la entrega de la medalla de Bellas Artes, la máxima distinción que concede el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA).

El autor de Adiós a los padres (Random House, 2014) y director de la revista Nexos estuvo acompañado en el salón Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes de la capital mexicana por su colega, el periodista Rafael Pérez Gay, y su hermano Luis Miguel Aguilar, así como por un nutrido grupo de intelectuales, escritores, como su mujer la novelista Ángeles Mastretta, y numerosos lectores.

"Escribir la vida para completarla. La escritura para corregir el mundo", así empezó a trazar su carrera de escritor, iniciada a los 15 años, aunque se reconociese como un novelista tardío. Defendió que su intención siempre fue "escribir novelas legibles cuya profundidad corriera como un río subterráneo".

Citó a Balzac para subrayar que "las novelas deben ser la historia secreta de las naciones". Morir en el Golfo (1985) y La guerra de Galio (1991) prueban que lo consiguió.

El novelista se refiriró a que siempre había tenido dos "casas". La suya propia, la de la infancia perdida en Quitana Roo, y México. Con la primera, la historia de su familia, dice haberse reconciliado 50 años después con Adiós a los padres y con la segunda, no.

Perteneciente a la generación que vivió la matanza de Tlatelolco, Aguilar Camín hizo un balance, con referencias a Chesterton y a José Emilio Pacheco, un tanto pesimista sobre el devenir de México. "Estamos lejos de ser un país próspero, equitativo y democrático. La responsabilidad mayor es de los Gobiernos, pero también de sus oposiciones, de sus pobres medios, de sus instituciones y de sus iglesias. En 1849, Lucas Alamán llegó a pensar que México podía desaparecer. Un siglo más tarde, en 1947, Daniel Cosío Villegas escribió que todos los hombres de la revolución habían estado por debajo de ella. Hemos sido inferiores a lo que soñamos".

Rafael Pérez Gay, compañero de fatigas periodísticas y sueños durante todos estos años pasó revista a los años convulsos y autoritarios del sexenio de Luis Echeverría y cómo surgió entonces, a pesar de todo, un nuevo periodismo: Unomásuno y la revista Proceso. "35 años después, no puedo volver a ser el joven que fui. Pero al lado de Héctor aprendí que no hay inteligencia sin tenacidad y que sin esperanza no crecen los olivos".

Su hermano menor, Luis Miguel, divirtió a todo al auditorio, recordando los años de juventud en la colonia Condesa de la Ciudad de México con anécdotas como que su hermano se gastaba todo el dinero para ropa en libros.

Un relato familiar que se podía resumir con que el juez más implacable de la obra de Aguilar Camín, fue siempre doña Emma, su madre.


 
 

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