No todos eran felices con la radio
Alberto Macías
Domingo 29 de Marzo de 2015

Por todas partes, se advierte una mortificante saturación radiofónica, pues en la mayoría de los hogares todo faltará menos el aparato receptor que se desgañita con las canciones de moda.

No hay modo de escapar a la tortura de escuchar a todas horas “de noche y de día”, la música de marras. Vamos por la acera y por los resquicios de una puerta se cuela aquello de la “múcura está en el suelo, mamá no puedo con ella”; seguimos andando y más allá nuestra estropeada trompa de Eustaquio tiene que resistir la quejumbrosa imploración de “Tú, solo tú…”

Por fin llegamos al hogar –¡dulce hogar!—en busca de una poca de calma que nos tonifique los alterados nervios; pero apenas nos tiramos en la cama, suena la radio de la vecina y hay que escuchar, quiérase o no: “Amorcito Corazón”, o “Rosita se está bañando”.

La música, el canto, la poesía y la pintura son recreaciones del espíritu, pero el arrobo se convierte en tedio y desesperación cuando una y otra vez se ofrece la misma cosa. Los valses de Straus son únicos e inmortales, pero a muchos vecinos de Plano Oriente han acabado por fastidiarles, en virtud de que apenas cae la tarde, con fines de propaganda, desde la caseta de proyección del Cine Máximo comienzan a escucharse, a todo volumen las producciones del genial Maestro… un día sí y otro también como diría el genial Cantinflas.

El sentido estético se maltrata con estos martilleos atroces.

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Tomado de: Alberto Macías. El eterno motivo

 
 

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