Doña Trini
Rogelio Arenas
Viernes 05 de Diciembre de 2014

Alta, enjuta de carnes, cubierta la cabeza con un tápalo raído que le llegaba hasta la cintura y con una falda que casi le cubrían las chanclas de mezclilla que calzaban sus pies, se le veía pasar silenciosa, con una bolsa de las que usaban para la provisión, hechos con un papel muy grueso con agarraderas del mismo material, nada más que éstas eran del triple grosor y retorcidas.

Cuando la conocí, hace casi 60 años, me impresionó tanto que durante algunos días no pude olvidar aquella casi esquelética figura.

Teníamos poco tiempo de haber llegado al pueblo y, chamacos aún, nos impresionaban los cuentos de quienes vivían ahí.

Esa noche, cargada de relámpagos y truenos que anunciaban la inminente lluvia compañera casi diaria del viejo Cajeme en el ardiente verano, el Balta, un vecino nuestro había ido a buscar a doña Trini para que le levantara la mollera al más chico de sus cinco hijos y le echara una “vista” a la Coba, su mujer, que ya traía casi en los nueve meses el otro encargo en la panza.

Acababa de oscurecer, pero como casi a diario se iba la escasa luz que había en el centro, aquella lóbrega noche parecía propicia para los cuentos de espanto tan de moda en el pueblo. La negrura del lugar era acompañada por los ladridos de los muchos perros que había en los chinames. Se veía una luz pequeña que subía y bajaba de intensidad, y con la luz de los relámpagos se veía como que flotaba una figura en el aire.

Algunos chamacos empezaron a decir: “Ahí viene la bruja, vámonos a dormir”, pero yo no podía ni moverme por el terror que me inspiraba aquel bulto que, poco a poco, se acercaba, hasta que llegó al portal de la casita de Balta, y al pegarle la luz de la cachimba en su humanidad, la vi por primera vez de cerca. La luz que veíamos era un cigarro de torcer que nunca se despegaba. Su rostro, surcado por mil arrugas, representaba entre setenta y ochenta años, que contrastaban con la rapidez con que caminaba doña Trini.

Esta mujer con un “cómo les va, buenas noches” se metió a uno de los dos cuartos de carrizo y lodo que componían la casa del Balta. De su inseparable bolsa extrajo una cuchara, y tras echarle una ojeada al chamaco enfermo, que tenía días en un “ser” con los ojos hundidos por la deshidratación, le metió los dedos en la boca para “paladearlo” y en un dos por tres le levantó la mollera caída.

Después empezó a buscar en la bolsa unas ramas de manzanilla para que le prepararan un te al chamaco, quien ya tenía otro semblante. En la citada bolsa tenía, aparte de la manzanilla tenía escorcionera, peonia, yerba del indio, estafiate, malva, hoja sen, sangrengrado, sin faltar el indispensable azufre, tan usual para las parturientas en la cuarentena después del alumbramiento, aunque en el pueblo había dos o tres parteras conocidas como doña Tomadita, doña Manuelita de Escobar y doña Concha de Walldez que era a la vez enfermera.

Doña Trini era muy buscada pues aparte de atinada en las curaciones decían que se aventaba operaciones “extraordinarias”. Tal fue el caso de la Carmen a quien las malas lenguas atribuían haber salido interesante de Alfonso el barillero, y doña Trini le había sacado del apuro. Lo que sí que tiempo después Carmen pasaba muy oronda un “sobrinito” que le habían dejado encargado unos parientes que tenía allá por el sur.

Con el tiempo, el pueblo fue creciendo y doña Trini desapareció; algunos decían que vivía en la Tinajera, otros que en el Polvorón, y así se fue perdiendo en el tiempo aquella mujer, que muy atinada, le dijo al Balta: “La Coba está bien; repuntando la luna nueva, sale el chamaco”.

Este, según sé, vive en la Ladrillera.

 
 

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